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miércoles, 17 de julio de 2013

Marcelo Caruso: Un pez en la inmensa noche - Brüll





S
uelen ocurrir sucesos insólitos e inaugurales, y este se dio un domingo, día en que la Biblioteca Popular Sudestada no abre, y ese día no era la excepción, porque solo estábamos adentro de paso, guardando algunos trastos después de homenajear a García Lorca y redescubrir su busto. Un trasnochado llegó, preguntando por el homenaje. Luego de haber realizado prodigios para convocar público, después para evitar que nos lo dispersaran el frío y la lluvia en ciernes, y de haber concluido todo con el sabor de un trabajo cumplido que podría haber servido para una multitud pero fue para un puñado de lorquianos empecinados, esta presencia tardía solo nos sacó una mueca y un escueto “Acaba de terminar, una pena”. El desconocido dejó una bolsa de libros en donación y se fue como vino.
Eran unos quince ejemplares de Un pez en la inmensa noche. No fue muy perspicaz darse cuenta de que se trataba del autor. Íbamos a posponer el minucioso examen para los días siguientes, pero nos ganó el lector empecinado. En la tapa el libro anunciaba que había sido premiado y una buena contratapa prometía un contenido digno de un premio. Nos acompañó a nuestra casa. Hasta aquí lo inaugural.

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L
o insólito vino al comenzar a pasar las hojas. Renunciamos a toda pretensión de dosificar en misterio lo que sigue. Un desconocido para el gran público es un enorme escritor nacional que tiene un libro de relatos de juventud donde cada uno es un alarde de dominio profundo de la técnica narrativa. Letino es el premiado en el concurso Latinoamericano de Cuento de Puebla, México de 1988 (se sabe que García Márquez no consiguió pasar la selección en este concurso de 1985). En este relato de tinte fantástico, la apelación sutil a los recursos del género lleva íntimamente de la mano a la dulce evocación de los orígenes. Le sigue Las trampas, un relato ambientado en el Tigre (un preanuncio de la geografía de Brüll) que goza de la particularidad de ser relato realista y de terror, sin apelaciones a lo sobrenatural. Caruso lo consigue. Lo mismo podría decirse –es sólo una lectura posible- de cierto intolerable clima de que algo va a pasar que queda abierto aún al final de Lobizón, un relato de pueblo suburbano donde la barra de adolescentes intenta sacudirse el yugo de cierto machito de barrio apostando todo a una ordalía con un rival redentor. Podríamos afirmar, de Caruso, no sólo que se trata de un gran lector, sino que nos permite descubrir sus lecturas en sus relatos: a Bradbury en Letino, a Briante en Lobizón, a Rulfo en El Turbio. En todos los relatos, un deliberado borroneo de los contornos de la realidad y una destreza para moverse como un pez en la inmensa noche por comarcas oníricas. Los finales, sin ser abiertos, apuestan a un lector inteligente que cierre los relatos, y ese es sólo uno más –y generoso- de los tantos aciertos de este narrador y su primer libro de cuentos.


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(L
os ejemplares del libro empezaron a circular entre los voluntarios y a sucederse los comentarios. Dimos con el autor, le agradecimos los libros e incorporamos al catálogo un ejemplar. Se declaró culpable de una novela, Brüll, finalista del Premio Planeta 1995. Obviamente, queríamos también un ejemplar. Se vino otra vez a la Biblioteca y nos trajo dos. Con este libro, se completa su obra editada. Tiene otra novela –un arduo trabajo que le viene llevando demasiados años- en búsqueda de editor. Nos habló de ella.)

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V
enimos renunciando a la sorpresa porque la sorpresa es el hallazgo de un autor que –aunque se resista- está entre los diez primeros autores nacionales. Lo hemos conocido, lo presumimos ajeno a toda veleidad. Démosle el gusto. El ranking se refiere a autores nacionales vivos. No está conforme (parece no estarlo nunca, y vale). Pongámoslo en el número diez. “Caruso: diez”, digámosle. Si no le gusta, podemos agregar: “El problema es suyo, usted puso ciertos libros en el mundo y ya no le pertenecen, nos pertenecen a nosotros y podemos glosarles nuestra lectura.” Hagámonos cargo ahora, que lo hemos leído.
         Empezaremos por el final, por la conclusión: Brüll fue un libro prematuro para la claudicante Argentina noventosa. De ahí que si bien tuvo el honroso premio de haber sido finalista del Premio Planeta del 95, no ha sido nuevamente editado nunca. Es un libro que, editado hoy o unos pocos años antes, en la cresta de la ola de algunos temas, hubiera sido debatido hasta el cansancio. Pero a algunos autores les toca el solitario rol de pertenecer a las vanguardias. Y no puede ser otro el caso de un escritor que en una novela habla del macabro lastre de los vuelos de la muerte antes de que un arrepentido y despechado capitán se confesara ante Verbitsky. El tema no era nuevo –había aflorado en el Juicio a las Juntas- pero faltaba quien le pusiese la firma y este marino lo hizo. Pues bien: en la novela, Brüll –que vive a dos horas y media del Tigre en una isla y es un escultor que no puede esculpir porque tiene las manos enfermas- descubre que a diario el río devuelve cadáveres. Pero eso apenas lo vislumbramos hacia la mitad, es como la historia de fondo, porque adelante, como para distraernos, el autor nos pone el drama de Mariano, el protagonista, que va al Tigre a buscar a su ex novia (Caruso le puso Virginia), la pareja de Brüll, que le ha escrito algo ambiguo. Le ha escrito una carta postal, no es época de emails, porque estamos en la dictadura. Y allí va Mariano, en una sudestada feroz (vean que no es casual la homonimia del sitio donde Caruso ha venido a dar con sus libros), a redimir a Virginia, a rescatarla cual Ariadna con su hilo a Teseo. Y nos tropezamos con cierta fauna islera, con gente que prefiere quedarse ahí –a cualquier costo- antes que irse. Porque no se fueron antes, cuando las cosas se habían puesto fuleras, no se iban a ir ahora. Una fauna de inmolados descastados, un cierto Caronte que juntacadáveres, un buchón o cabo de la Prefectura que a veces parece como arrepentido, o es tan buchón que buchonea para todos lados…
         Podríamos contar el final, pues nada quitaría a la lectura. No todo, y sí mucho, está en cómo narra Marcelo Caruso. Encima nos dice cosas, tiene cosas para decirnos. Y por añadidura es de esos libros impostergables, de esos libros que uno siente que pierde el tiempo mientras tiene que interrumpir la lectura. Ha dejado pasar el tiempo entre estos libros y la novela que se viene. Quizás ello le permita ser actual, ya que en los noventa, con Brüll, hemos mostrado ser tan poco proclives a leer lo que tenía para decirnos. En cualquier caso, celebremos el libro que se viene.
  
(Ambos libros disponibles para préstamo en la Biblioteca Popular Sudestada)

miércoles, 7 de julio de 2010

Himura


Ha llegado al Río de la Plata Tiempos de vida hostil, último disco de Himura, bajo el colectivo musical de Mago Fermín y la producción de Moflete Humano 9. La cubierta anuncia que Mario presta su voz a la banda, y que la secundan con sus acordes Edu (bajo), Jorge y Natxo (guitarras) y Luismi en la percusión. He tenido un día feroz, y me apoltrono para escucharlo.

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Yo tengo una mujer, que tiene una sobrina, que de tanto vivir en España habla como española aunque es argentina, y ella tiene un chico (un chaval) que es español y habla como español, pero de tanto noviar con una argentina, ha dado en ser hincha (aficionado) de Boca. Y así, por relación transitiva, ambos se han convertido en mis sobrinos.
Pues bien: de visita ellos en nuestras tierras he invitado a este sobrino a mi casa, lo he sentado a mi mesa, y ha honrado una cerveza marca Quilmes, que bien puede llamarse Zaragoza.
- Encantado: me llamo Mario.
“Tiene voz para entonar boleros”, pienso, alertado por mi mujer de que el joven es músico.
Convengamos que a pesar de tanto aire cosmopolita, los argentinos somos provincianos. Somos de una provincia a extramuros del mundo. Nos dejamos guiar por las hueras apariencias.
“Es raro que con tanto piercing no ande sangrando por la vida”, le confío, en un aparte, a mi mujer, la tía.
Ella acota que no es capaz de distinguirle los tatuajes de la piel de los estampados de su campera.
Luego de algunas cortesías y cumplidos, se sientan a la mesa.

* * *

Leo en la cubierta el candoroso agradecimiento al Sapo Pepe. “Esto es alentador. Grave hubiera sido la evocación de Gaby, Fofó y Miliki.” Suenan los primeros acordes y de inmediato oprimo el stop. El control remoto vacila: las pilas están cansadas. Opero manualmente el stop, sobresaltado. Mi equipo es viejo, ha de andar mal. Sólo he oído algunos rugidos, más un ruido como de motores de avión fallando, y la pista 1 ha dado paso de inmediato a la pista 2. Se ha producido un salto. Alguna pelusa, nada que un soplido no pueda remediar. Vuelvo a poner el disco. He tenido un día feroz y sólo la música me podrá distraer. No quiero pensar.

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La cena transcurre a la luz de la luna y de los faroles, bajo constelaciones de estrellas distintas a las que engalanan los cielos españoles. El detalle no le pasa desapercibido a Mario, quien musita al oído de su enamorada algún requiebro. Alcanzo a escuchar que esos cielos son tal como ella se los ha sabido contar, como le ha narrado muchas veces que eran los cielos de su temprana infancia.

- Pues yo no te he dicho nada de eso.
- Mujer ¿quién si no tú? ¿Quién habría podido hablarme de los cielos del hemisferio sur sino tu, cariño?

Mi mujer –su tía- está encantada. Mario es un excelente partido.
Quizás nuestra sobrina casi siempre piense igual, pero no mientras monta en cólera.

- Yo no he sido. Por eso me pregunto: ¿quién puede haberte dicho semejante gilipollada? (semejante boludez).

Mario posee un carácter que funde a los modales de un inglés, el donaire de un parisino. No prescinde en nada de esa galantería tan española. Una leve sonrisa flanquea sus palabras que adivinamos conciliadoras, a duras penas escuchadas entre los reclamos de su prometida, unos growls de lo más afines a alguna pieza de brut death metal.

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Por un instante me tranquilizo, porque mi equipo no anda mal –y eso permite olvidarme de gastos y diligencias con el técnico- pero la evidencia de la absoluta fidelidad del sonido escuchado, me fuerza a desplegar el folio con los textos de las letras.
Vudú y Virus están cantadas en castellano, pero con una dicción tan universal que un albanés podría considerarlas también expresadas en su lengua madre. Un torbellino de riffs y blast beats machaca, arrolla, atropella, centrifuga, demuele, frenetiza, despierta a los dormidos.
“Ya no controlo mis movimientos...” “Vomitarás tu propio cuerpo.”
Adiós a la distracción y adiós al no pensar.
He tenido un día feroz.

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Finalizado el incidente conyugal, principia uno legal. Rosario, le pide a su flamante primo que, dado que es músico, le cante “El sapo Pepe”. Como él lo sabe cantar.
Procuro alertar a Mario que una candente puja tribunalicia puebla los titulares de las revistas infantiles: tanto Pipo Pescador como una tal Adriana reclaman la autoría del hit. ¿Para qué agregar a un tercero en discordia?
- Soy apegado al estricto cumplimiento de las leyes. Conduciendo, no tomaría una calle de contramano jamás. Menos aún en Buenos Aires.
Un legalista.
Rosario nada sabe de argucias de leguleyos e insiste en una nueva versión del Sapo Pepe.
Explico a Mario que la canción narra la respuesta repetida –hasta el hartazgo- que un sapo llamado Pepe le brinda a todo lo que le dice el dueño del jardín. A todo lo que se le propone, Pepe sólo “salta y salta”.
- Los niños gustan de la reiteración de sus ilusiones.
- Los adultos también, aunque no se den cuenta –le digo yo.- Todos los días se prestan a reiterar la misma rutina de su trabajo para otro, bajo la ilusión de reiterarla en el contexto del ejercicio de su libertad.
Me excusé, al cabo, por haberme puesto a hablar de política.
- Yo solo soy un músico, no sé nada de esas cosas. Pero no os aflijáis, tío. Que la gente se enoja mucho cuando le repiten siempre lo mismo. Pero yo no me enojo si repetimos esta cerveza.

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Hay una pausa de un segundo entre la pistas 2 y 3. Me alcanza para parpadear: un alivio, los ojos me arden.
“Ven, limítate/ a colaborar/…/ sigue en la fila/ cumple las normas/ asume tu puesto/ domesticado/… tan sólo somos/ carne adiestrada.”
Termina la tercera pista. Han pasado, en total, dos minutos y cuarenta y siete segundos del disco. Comienza el minuto y medio siguiente que se titula Violento despertar. Unos tambores de guerra, como han de redoblarse unos tambores en una guerra grindcore, lo preambulan. Es un llamado al combate. Resulta curioso que provenga del Primer Mundo. ¿Hay varios Mundos? Las letras siguientes parecieran desmentirlo: en el tema más prolongado de todo el disco, en el único con dos voces, Ira, se cuela una concepción animista de los elementos naturales que vienen a vengar la acción humana insensata, que insiste en la reproducción de las condiciones de su propia inmolación. “Furia descontrolada desde la naturaleza”. El mismo mensaje de Fotofobia: un sol que provoca heridas. Pero no hay derecho a elegir nada. Ni la propia muerte. Otros elegirán nuestra muerte. En Agonía: “Permanece condenado atado a una cama/ impaciente y observando, consciente y enterrado/…Quien decidió por mí mantenerme con vida/ obligado a agonizar, soy un cadáver/… Vivir es un derecho, no es una obligación/ quiero ser el dueño de mi muerte.” Como hace el líder del Primer Mundo, con sus prisioneros de Guantánamo.

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Las cervezas hacen fluir el habla. La luna es compañera de la poesía. Prescindiendo de todo comentario insidioso sobre constelaciones, de cualquier sapo que solo “salta y salta”, nos entregamos a algunas consideraciones líricas, no exentas del paulatino y recíproco abrirle al otro las respectivas almas.
Se ha percatado de mis convicciones políticas. Indago en las suyas:
- Terrorismo selectivo.
Algo me hace intuir que es ateo. Siendo Mario de profesión ebanista, le azuzo un poco con el Cristo carpintero, con las Magdalenas, con los clavos de la cruz. Nos enfrascamos en una polémica religiosa. Le postulo que Cristo era comunista. Creo que el tío (no yo, sino Cristo) no le cae mal porque resume su profesión de fe, con laconismo:
- Distintas formas de dolor.
Discurrimos por valles de lágrimas, por caídas de los edenes, por pecados originarios, por castigos, por Apocalipsis. Va otra cerveza.

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Rugidos feroces, como el canto primigenio del hombre al caer al mundo desde las alturas del Edén. NSM habla –grita- sobre el sentido de la vida. La bienvenida con que se recibe al nonato: “Acabas de nacer en una fosa común.” Una visión crustcore de este sentido. Nacer. Sufrir. Morir. “Este es el ciclo que hemos de cumplir.”
El bálsamo sobreviene de inmediato: un maximalista vería en Adoctrinados una canción pop, pero a los no iniciados en los secretos del metal extremo, nos suena cual un death metal melódico, si se nos permite la creación de un nuevo casillero. Los riffs ceden –unos breves instantes- a un solo de guitarra. La letra alcanza a entenderse. Dura dos minutos, un exceso para el género. Largo, como el odio que crece.
Abrevando en la raíz punk, renegada madre de las criaturas, Anticop es el tema antipolicial que no debe faltar en ningún álbum. Es una profesión de fe, como el santiguarse al ingresar al templo. Y cerrando el conjunto de once pistas, Mutaciones abunda en rugidos y voces guturales, baterías que son como tableteos de ametralladoras, guitarras que suenan como licuadoras rallando huesos, bajos con cuerdas de tripas que se tañen como latigazos. Al final, el silencio de los muertos es un alivio. Han pasado diecisiete minutos y cuarenta y cinco segundos de disco. He tenido un día feroz.

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Mis sobrinos se aprontan a retirarse. Se recogen temprano, desdeñan los excesos y cultivan la vida sana. Tal como al llegar a casa, han vuelto a convertirse en dos tórtolos. Se toman (cogen) de las manos. Nos preparamos para un retrato antes de las despedidas. Las camaritas digitales con disparado automático son un gran invento. Nos ponemos en pose. Mi sobrina nos acomoda:
- Tíos, cójanse (tómense) para salir mejor.
Y yo, que soy algo lento, me quedé un rato perplejo, y por eso salí de mal semblante en la foto, y por eso no quise agregarla acá. Pero les aseguro que Mario ha salido con una sonrisa apacible y serena, y tras alzar en brazos a Rosario con mucha delicadeza, la han llenado de mimos al despedirla.


(Puede escucharse a Himura en

lunes, 30 de noviembre de 2009

Contra la corriente


Contra la corriente
(Juan B. Duizeide, Grupo Editor Mil Botellas, 2009)

No queda más remedio que coincidir con el autor y los editores: al presentar el libro en público insisten en la ausencia de una tradición náutica en la narrativa argentina. Un país de extensas costas es, no obstante, un país sin autores de temas marinos. Tratando de forzar el paralelo, encuentro autores de narraciones fluviales: pienso en la presencia del río en un autor como Horacio Quiroga. Pero ya le estoy haciendo trampas al asunto: ¿Quiroga es argentino o uruguayo? ¿Navegar en el río es lo mismo que navegar en el mar? ¿Acaso contamos con autor argentino en alguna nómina que contenga a Conrad, Stevenson, Melville o Salgari, por nombrar disímiles plumas?

De manera que el primer laurel de estas narraciones es ingresar en mundos inexplorados por los autores nacionales.

El autor elige salir de espaldas en la foto de la solapa. Se conoce que así se avanza en la navegación a remo: doce hombres de espaldas a la proa hacen avanzar a una falúa. La mirada puesta en la pala de los remos, en el timonel, en la estela sobre el agua. Nunca en la proa. Se avanza de espaldas. Dicho en el idioma de los argentinos: Duizeide la rema.

Y la rema bien. Es un remador. No solamente es un inspirado –que duda podemos conservar, luego de recorrer dos páginas cualesquiera de cualquier cuento- sino que es un trabajador de la palabra. Ninguna está porque sí. Tampoco sobran. Todo está en la dosis justa; lo cual, en términos literarios, implica reticencia. El autor calla más de lo que dice: uno abriga esa placentera angustia de percibir que en las tinieblas hay movimientos que no se ven. Una brisa en el rostro nos delata la presencia fantasmal de lo que no se dice. Lo que se calla tiene la misma entidad que la palabra dicha. No se pueden leer estos cuentos sin evocar el espíritu de Henry James.

Abocado a la lectura del índice de los cuentos, hallamos que su número infringe las supersticiones náuticas: son trece. Un patrón común iguala a estas narraciones: las pueblan navegantes de travesías truncas, de derrotas imposibles, de singladuras pretéritas, de vanas vueltas en círculos, de zarpadas inminentes. O personajes de esos que son tributarios del mar: guardavidas, mujeres que esperan a hombres de mar, y aún los mismos despojos del naufragio o de macabros aviones (como en Los grandes secretos, versión apenas retocada por el autor del capítulo Ella y él de su novela En la orilla.)

Hay situaciones intolerables, como algunas que bien sabe construir Kenzaburo Oé: debí dar vuelta presuroso la página apenas terminé de leer Sicigia. Me fue imposible proyectar un final que prodigase alivio. (Ya que mencioné a Quiroga: este cuento me trajo a la memoria La gallina degollada, no sabría decir por qué.) El poeta que habita a Duizeide está presente en ese lírico estertor de la mujer en Estaciones, pero también está en Regreso, el viaje postrero del Capitán Dieusayde, o en la naturaleza que acompaña al navegante cuando ha quedado solo en el puente (Agradecimiento). No está ausente la poderosa denuncia, sobre todo cuando menos explícita parece: si Desguace narra las remembranzas de marinos sin trabajo que desarman un barco radiado, el título y dos o tres palabras puestas como al azar nos están gritando una condena al desguace del Estado, que se llevó también nuestra flota mercante. La esperanza no se pierde: El tripulante del Albatros aguarda con paciencia la prescripción adquisitiva treintañal para salir con su barco, otra vez, al mar.

Contra la corriente, además de narrar el primer día de un pilotín mercante en su primer barco, es el título del volumen. Navegar contra la corriente es arduo; a motor, a vela o remando de espaldas. Lo que cuenta es la proa, meter la proa que desafía a la corriente en contra. Duizeide, que entre las lecturas de Conrad y Melville de la infancia y sus años de marino mercante de la adultez, ha experimentado una adolescencia de barcos grises con cañones silenciosos, aguas dulces y gritos marciales, conoce el preciso significado que posee en éste ámbito la insolente conjunción de las palabras meter proa.

Subordinando la acción al pensamiento, con lírica armonía, con la palabra y el silencio, Duizeide mete proa contra la corriente.

Daniel Ortiz