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sábado, 24 de diciembre de 2011

Bertolt Brecht en Normal Uno



En noviembre estrené Normal Uno, una comedia musical dramática que, tras un receso, continuará en cartel el año próximo.

En su sinopsis, en el programa de mano, se lee:

Normal Uno es una comedia musical dramática, con recursos del teatro brechtiano. Le propone al espectador reflexionar sobre las capacidades y las diferencias, y realizar sus propias elecciones. Destacan sus dos canciones: la Canción del Diferente y el Rap del Adaptado cantadas en vivo por el elenco.

Los espectadores del circuito porteño de teatro independiente provienen mayormente del círculo de amistades o familia, y del mismo teatro independiente.

Como esta vez pude romper un poquito esos círculos, vinieron a ver la obra muchas personas que han preguntado en qué consistían esos recursos del teatro brechtiano.

Brecht es uno de mis ídolos, y no lo voy a disimular. Vayan algunas palabras que pongan orden a cierta biografía y pinten a grandes palotes a una vida. Bertolt Brecht fue un dramaturgo y director teatral alemán, marxista, que vivió una vida relativamente corta -58 años- que terminó en 1956. Además de teatro, escribió poesías y novelas, sin contar numerosas canciones insertas en sus obras teatrales y ensayos sobre arte. En diversas etapas de su vida fue perseguido: por los nazis, en 1933 –se exilió a comienzos de ese año y sus libros fueron quemados- y por el Comité de Actividades Antiamericanas, en EEUU, lo que implicó un nuevo exilio en 1947. Consiguió establecerse en Berlín Oriental, en la ex Alemania Oriental, donde fundó el Berliner Ensemble, un teatro y grupo teatral dedicado a poner en escena la estética teatral brechtiana: el teatro épico (Epischestheater).

Comprender cabalmente el concepto de teatro épico requiere conocer en profundidad la obra de Brecht, su obra crítica, sus apuntes de las puestas, y aún diría que requiere despojarse de cuanto uno ha oído hablar sobre teatro, para sumergirse de cabeza en una forma distinta de concebir al arte teatral. Pero podemos hacer el intento de dar algunas pautas que lo caractericen.

El teatro épico es un teatro que considera al arte como elemento transformador de la realidad. Como herramienta de transformación. Persigue que el teatro cumpla su función tradicional de entretener y no desdeña del mismo como generador de emociones, pero sólo si a la vez consigue hacer reflexionar al espectador, haciéndole tomar un rol participativo a su mirada, que no debe ser pasiva, sino atenta, activa, transformadora; y el espectador debe ser llevado a tomar decisiones.

Como la emoción es una gran enemiga de la razón, y el teatro conduce casi invariablemente a la identificación del espectador con los personajes y a la catarsis, el teatro épico pretende que el público no olvide jamás que está en el teatro, que no se olvide de que está asistiendo a una representación teatral. De esa manera, pensaba Brecht, el espectador podrá echar mano continuamente a su capacidad reflexiva, no obnubilada por los sentimientos. En lugar de presentar una acción ante la cual el público asiste pasivamente como espiándola, se le presentan situaciones frente a las cuales es necesario tomar decisiones de índole ética. Para lograr tal fin, se valió de un recurso propio, uno de los grandes aportes brechtianos a las artes escénicas: el efecto de distanciamiento (Verfremdungseffekt).

Este efecto de distanciamiento es la puesta en práctica de cierto conjunto de recursos escénicos al que el autor y el director echan mano para conseguir evitar la catarsis. Se trata de recursos que muchos otros autores y directores, antes y después, han utilizado en sus puestas teatrales, pero lo que los convierte en elementos del teatro épico es justamente su finalidad de ponerlos al servicio un teatro destinado a transformar la realidad, a través de la reflexión a que es llevado el espectador.

Basta con leer cualquier obra de Brecht para encontrar ejemplos, pero podemos indicar, entre muchos recursos destinados a quebrar la ilusión teatral, a romper con la convención teatral: la ruptura de la cuarta pared entre actores y público; el empleo de canciones (y donde lo importante es qué se dice en ellas, antes que cómo se las canta), canciones que interrumpen la acción; un particular empleo de la iluminación que evita la creación de climas escénicos; el pasaje del personaje al actor y del actor al personaje en medio de la representación; el empleo de carteles, fotografías o filmaciones; la puesta del público a tomar decisiones de índole moral; el desborde del espacio escénico; el empleo de un narrador, ajeno a los personajes (o bien los mismos actores se salen del personaje para narrar qué les está pasando a los personajes que encarnan); la exhibición de todos los artificios teatrales: los actores esperan en escena su turno para entrar a la acción, aún mientras no actúan; o cambian la escenografía o su vestuario a la vista del público, a plena luz; la utilización de máscaras o zancos; la intercambiabilidad de los personajes entre los actores, durante la misma función; etc.

Ahora, quienes han asistido a cualquiera de las funciones de Normal Uno están en condiciones de evaluar dos aspectos: qué recursos del teatro épico se han utilizado en la puesta, y si el empleo de los mismos está orientado a la finalidad del teatro épico, esto es, a suscitar la reflexión transformadora en el público. Lo segundo no puedo responderlo yo, más que como expresión de mis intenciones: sólo ustedes pueden decir si lo he logrado. Pero lo primero es más objetivo y palpable. Pondré algunos ejemplos:

• Los actores esperando al público cuando ingresa a la sala.

• El reparto que hacen de la poesía de Brecht, en mano, mientras los espectadores se van acomodando.

• Las dos canciones, que interrumpen la naturalidad de la acción.

• La ruptura de la cuarta pared que hacen varios personajes.

• El pasaje del personaje al actor, y la vuelta del actor al personaje.

• El final (obviamente no contaré el final, ni qué recurso se utiliza en el final. Pero el final es puramente brechtiano).

¿Pueden ustedes indicarme otros recursos empleados? Hay más. O pueden decirme en qué momento cada actor pone en práctica alguno de estos recursos.

Para terminar, transcribo el poema de Brecht que se reparte en mano al comienzo de Normal Uno, porque es casi una declaración de principios del Epischestheater:

No acepten lo habitual como natural
pues en tiempos de confusión generalizada,
de arbitrariedad consciente,
de humanidad deshumanizada
nada debe parecer imposible
                                              de cambiar.



jueves, 4 de noviembre de 2010

El gremialismo según Bustos Domecq


Me he cansado de recomendar en vano las Crónicas de Bustos Domecq, notable pieza de ironía del tándem Borges-Bioy Casares. Hasta he cometido la imprudencia de prestar mi ejemplar. De nada sirve: ha vuelto, y la compungida expresión de mis interlocutores acompaña a esa nutrida paleta de muecas con las cuales –so pretexto de no saber leer a dos autores semejantes- me farfullan inapelable veredicto condenatorio.

Voy a intentarlo otra vez más con ustedes. El libro consiste de veinte artículos que comentan expresiones de arte moderno o ensayos intelectuales, escritos por un ficticio H. Bustos Domecq. Les diría que, aún, los artículos son halagüeños de cada expresión artística. Pero uno puede apreciar, en su esplendor más craso, la magnífica ironía de un dúo que escribía como uno solo. A mi me resultó siempre un enigma entender cómo se puede escribir tan bien de a dos.

El gremialista es uno de esos artículos. Bustos Domecq se propone dar a conocer la obra del Doctor Baralt, consistente en seis volúmenes titulados Gremialismo (1947-54). Nadie los ha leído. Pero hay un laureado Análisis escrito por Cattáneo, basado en las primeras nueve páginas del prólogo de Baralt –lo más que pudo leer del mamotreto- en el cual se basará para escribir su artículo. A fuer de meticuloso, Bustos Domecq acude al testimonio de primera mano: ”al examen prolijo de la mole, hemos preferido el impacto conversacional, en carne viva, con el cuñado de Baralt, Gallach y Gasset.”

Entonces Bustos Domecq nos introduce en la tesis del gremialismo de Baralt. “El género humano, me explicitó, consta, malgrado las diferencias climáticas y políticas, de un sin fin de sociedades secretas, cuyos afiliados no se conocen, cambiando en todo momento de status. Unas duran más que otras: verbi gratia, la de los individuos que lucen apellido catalán o que empieza con G. Otras presto se esfuman: verbi gratia, la de todos quienes ahora, en el Brasil o en África, aspiran el olor de un jazmín o leen, más aplicados, un boleto de micro.”

Añade Bustos Domecq: “El gremialismo no se petrifica, circula como savia cambiante, vivificante (…) El mínimo gesto, encender un fósforo o apagarlo, nos expele de un grupo y nos alberga en otro.”

Esta perspectiva resulta visionaria: ¿a qué clasificar a los obreros en las pétreas categorías de lecheros, carteros, soderos, albañiles? Cada vez que se montan sobre los muchos ejes de un camión son obreros camioneros. Al bajarse, son esposos, obreros hinchas de Racing, asadores domingueros, obreros deudores, y a veces vuelven a ser obreros lecheros o soderos.

Bustos Domecq, sin consentir categorías marxianas, se percata de las derivaciones antagónicas de los postulados del gremialismo de Baralt: “No cerremos los ojos a los inevitables brotes de pugna, que la benéfica doctrina provocará: el que baja del tren asestará una puñalada al que sube, el desprevenido comprador de pastillas de goma querrá estrangular al idóneo que las expende.”

Es que el sujeto desprevenido que ahora es comprador de pastillas de goma, culminada la faena, torna a integrar la categoría de propietarios de aserraderos que acaban de comprar pastillas de goma. Y el idóneo que las expende, es arrastrado al escalón de los dependientes de tienda de golosinas que resultan estrangulados por los clientes de su empleador. Y así la lista puede seguir hasta el infinito, según el plan de Baralt que –hacia el final del artículo- nos anticipa Bustos Domecq: compilar una lista de todos los gremios posibles. Hipótesis que nos sumerge en similares paradojas que la de Aquiles y la Tortuga. “Obstáculos no faltan: pensemos, por ejemplo, en el gremio actual de individuos que están pensando en laberintos, en los que hace un minuto los olvidaron, en los que hace dos, en los que hace tres, en los que hace cuatro, en los que hace cuatro y medio, en los que hace cinco… En vez de laberintos pongamos lámparas. El caso se complica. Nada se gana con langostas o lapiceras.”

Ponemos manos a la obra: pensamos en los obreros ferroviarios o en los camioneros. En los obreros ferroviarios, por ejemplo, que recelan del patrón y en los que lo consienten con mansedumbre. De aquellos que recelan del patrón, pensamos en los que deciden combatirlo y en los que se resignan. De los que deciden combatirlo, en aquellos que se sindicalizan y en aquellos que se deprimen aislados. De los que se sindicalizan, en aquellos que asumen posturas combativas y las mantienen, y en aquellos que van cejando en el combate. De los combativos, en los que consiguen ser reelegidos al frente de sus gremios y en los que no. De los que consiguen ser reelegidos, en los que ya no recelan del patrón y en los que siguen recelando pero se van conformando. De los que ya no recelan, pensamos en los que prefieren ser patrones y en los que no consiguen dejar de ser obreros. De los que prefieren ser patrones, en los que eligen combatir a los combativos que se quieren agremiar y en los que se ponen al servicio de los que combaten a los combativos que se quieren agremiar. La enumeración dista mucho de ser completa.

Al final del camino, algunos agremiados son muy vivos, y otros, como Mariano Ferreyra, están muertos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Palabras apropiadas y palabras recuperadas

Wordle: palabras apropiadas


Hay una lucha cotidiana que todos realizamos, con poca o ninguna consciencia de ello. Y el objetivo de esa lucha son las palabras.

Hablamos mucho, a veces decimos algo. Para eso utilizamos palabras. Y cuando utilizamos las mismas, hallamos que pocas veces decimos lo mismo que dice el otro cuando las emplea. Les damos otro sentido.

Lo que es peor: las escuchamos sólo con nuestro propio sentido. El ejercicio de ponerse en el lugar del otro para captar el significado que éste le asigna a sus palabras es pocas veces recorrido. No existe alteridad en nuestros diálogos, no consideramos al otro como receptor: nos detenemos ante el emisor, y pretendemos que éste siempre sea uno mismo.

Por cierto que de esta manera, mientras emisor y receptor coincidan en el significado de sus palabras, no habrá conflicto comunicativo alguno, y podremos hablar mucho, comunicarnos poco y decir nada, bajo la apariencia de haber mantenido un gran diálogo.

Quienes a través de la propiedad privada de los medios de comunicación masivos jalan los grandes hilos de la formación del discurso de las masas, conocen esto a la perfección y se valen de ello. Para mantenerse en dicha propiedad, para acrecentar sus ganancias, para forjar un sentido común en las palabras que sea útil, por ejemplo, para inventar demandas en el mercado que -luego- requieran mercancías o servicios para abastecerlas que necesiten, a su vez, publicidad en esos medios.

No les importa tanto qué se diga, como que todos entiendan que, lo que se dice, significa determinada cosa y no otra.

Así, se procura consolidar un único significado para cada una de las palabras. El más craso, el más llano, el más binario, el que menos trabajo intelectual implique comprenderlo. De este modo se educa a las masas desde los medios masivos de comunicación modernos.

El trabajo del intelectual es el de alertar sobre este mecanismo. Pero su voz es raramente escuchada en el desierto donde predica, las más de las veces, en lengua extraña.

A veces sucede, entonces, que rompiendo el cerco y en inusitados arranques de sabiduría espontánea, las masas se enfrentan abierta e inorgánicamente contra esos significados consolidados por el Otro.

Se me ocurren muchos ejemplos, pero pongo uno. A falta de mejores argumentos –que los hay a raudales- para ofrecer oposición a la acción gubernativa de la actual Presidenta, las clases media y media alta la han apostrofado con un apelativo que, precisamente, le niega su calidad de Otro al rival político. Lo cosifica, pues un animal es jurídicamente una cosa, no un Ser, un Otro. La Presidenta no es una mujer. Es una yegua. Con minúsculas.

No hace falta explicar más. Como el tirano prófugo, como la negrada, como el subversivo, con decir la yegua ya está todo dicho.

Como reacción ante esta pronunciada falta de imaginación política, los partidarios de la acción de gobierno han optado por el mecanismo más simple para repeler esta invectiva. Y la iniciativa la han tenido, de entre estos partidarios, sus mujeres: asisten a las marchas de apoyo a la Presidenta luciendo unas sencillas remeras con su efigie y la leyenda: Somos todas Yeguas.

Las chicas han realizado un notable acto de lucha en el terreno simbólico con el cual han obtenido una victoria: se han apropiado del significante. Han abortado el sentido peyorativo que la palabra tenía para los forjadores de la invectiva y lo han retrovertido en un término que les otorga un sentido de pertenencia con sentido positivo. ¿Nuestra Presidenta es una yegua? Entonces, somos todas yeguas.

Fuera del ágora, similares ejercicios han realizado los simpatizantes de River o de Boca cuando han recuperado con orgullo, como emblemas identificativos propios, los insidiosos motes de gallinas o bosteros.

Hay otras palabras que nadie quiere aflojar: revolución, democracia, república, ciudadanía, igualdad, libertad, etc. que suelen arrojar más confusión que certezas cuando se las emplea.

Respecto de otras, cierta línea discursiva se las ha apropiado dotándolas de un sentido unívoco funcional a determinado escenario combativo: es el caso de las palabras seguridad e inseguridad.

En otros casos, asistimos a frustrados embates por la apropiación: nadie se traga que un genocida es un preso político.

Se opera en el terreno simbólico, entonces, un proceso de apropiación del significante (que bien puede ser visto también como de resignificación), unido a otro de recuperación del mismo, cual estandarte que cambia de manos en el fragor de la batalla.

Postulo, entonces, que la lucha en el terreno de las palabras persigue como meta la apropiación del significante.

Es por eso que no es lo mismo cuando un medio de comunicación utiliza las palabras apropiación y recuperación (de rentas extraordinarias, de costos laborales, por ejemplo), o cuando otros utilizamos las palabras apropiación y recuperación para referirnos a nietos, fábricas o memoria. Precisamente, de lo que quiero alertar, es que el sentido lo pone quien se apropia del significante y mientras dure su señorío, razón por la cual la vigilancia ha de ser perpetua.

martes, 22 de junio de 2010

El perpetuo juicio de la historia



Ante un nuevo aniversario de la muerte de Belgrano, se me ocurre pensar en el ejercicio permanente que realizamos con la memoria histórica.

Los hechos están ahí: los conocemos lo más que conseguimos recrearlos y luego los interpretamos. Repetimos ambos procedimientos, pero mientras es muy probable que la recreación de los hechos alcance el límite de las fuentes disponibles, su interpretación, en cambio, se renueva en cada época.

Volvemos a interpretar los hechos pasados bajo nuevos prismas, nuevos paradigmas que han sucedido a los anteriores, bajo nuevos valores, o simplemente son nuevas las generaciones que realizan las nuevas interpretaciones.

Los sucesos y los personajes históricos no siempre salen airosos de estos ejercicios que realizan las generaciones sucesivas.

En algunos casos, los personajes históricos consiguen sobrevivir a las distintas interpretaciones que sobre sus hechos se realizan y permanecen en el panteón de los próceres. Vale decir: sus hechos, los realizados en el presente que les tocó vivir –nuestro pasado- siguen proveyéndonos mensajes útiles en nuestro presente (el futuro de aquellos).

San Martín y Belgrano son de esa estirpe, para no mencionar a ninguno que pueda resultar discutible.

En otros casos, personajes históricos repudiados en su tiempo, son rescatados por las generaciones venideras a la luz de nuevas interpretaciones de sus hechos: se me ocurre pensar que la fidelidad monárquica de Liniers, que le costara la vida, ha podido ser soslayada por la posteridad a la luz de la defensa que hizo de Buenos Aires ante las invasiones inglesas, y las consecuencias que ese hecho tuvo ante la Revolución de Mayo. Pero esto debieron hacerlo las generaciones sucesivas, y no podían hacerlo sus contemporáneos. Y a esto también lo podemos comprender.

En muchos casos, personajes de lo más eminentes en su época, han pasado al olvido. Acontecimientos que se creía trascenderían los tiempos, no merecen más que algún renglón de crónica. Ahí tenemos multitud de nombres de calles o plazas que, hoy, no nos dicen absolutamente nada.

Ocurre, también, que no hay acuerdo sobre muchos hechos o personajes de la historia: Rosas es el mejor ejemplo, por no remontarme a ninguno del siglo XX. Rosas divide por igual al interior de las derechas o las izquierdas.

En otras ocasiones, la historia ha ensalzado a personajes y a sus hechos con honores altísimos, y las nuevas lecturas de esos acontecimientos han terminado por abominarlos. En mi juventud la conquista del desierto de Roca era enseñada como una epopeya nacional y hoy, con mucha razón, se la considera un genocidio. Es tan fuerte esta opinión que cuesta encontrar quien abogue hoy por Roca o quien pueda defender las deportaciones masivas de pueblos originarios.

El lector podrá poner en una u otra de las categorías que periodicé a Perón, Yrigoyen, el Che Guevara, los Generales Valle o Aramburu, Urquiza, Eva Perón y tantos otros.

Lo que yo me pregunto es, entre los argentinos de hoy, a qué futuros próceres con nuestra inadvertencia estamos omitiendo reconocer. A qué cobarde o pusilánime le estamos, hoy, erigiendo un sitio en el partenón de héroes nacionales. Con quién estamos acertando al homenajearlo en vida y a quién tenemos tiempo de dedicarle, antes de su partida, un merecido reconocimiento. Con cuántos personajes fatuos estamos gastando oropeles al ritmo de las pasiones. Cuánto clásico se nos pasa por alto, al calor de la moda.

miércoles, 21 de abril de 2010

Gramsci y El príncipe que no era feliz


Rosario, mi hija, nos reclama la narración de un cuento antes de dormir. Como la consigna de una de estas noches era que versara sobre caballeros, castillos y príncipes, improvisé uno, largo, que titulé El príncipe que no era feliz, y que puede resumirse así en su versión oral:

El príncipe Jeremías tiene un próspero reino y vive en paz con sus vecinos, pero no es feliz. Sus amigos y súbditos quieren hacerlo feliz pero no aciertan a lograrlo. Entonces Jeremías proclama que le falta el amor de una princesa, y que saldrá de su reino para buscarlo. Lo hace, vestido de comerciante de telas y en un reino vecino, donde un poderoso rey quiere hacer heredero a aquel príncipe que se case primero con cualquiera de sus siete hijas, encuentra a la princesa Zahira, de quien solo puede ver sus ojos verdes, pues un velo le oculta el rostro. En un paseo público de la corte la conoce, se enamoran a simple vista y Jeremías pasa mil peripecias para acercarse a ella y confesarle su amor, pues para todos es un simple comerciante. Es expulsado del reino, pero para lograr su cometido, vuelve al suyo, informa que ha conocido a una princesa y le pide a toda su corte, soldados, campesinos, amigos y artesanos que lo acompañen a pedir la mano de Zahira. Se ponen en marcha y, al llegar, el padre de Zahira cree que está siendo invadido por fuerzas muy superiores. Perdido, recibe a Jeremías, descubre que es un príncipe y con alegría le da la mano de su hija, que al contraer matrimonio corre su velo y besa al novio por primera vez, tras lo cual, son felices por muchos años.

En prevención de lo que suele ocurrir con Rosario –hay que repetirle los cuentos en noches sucesivas– decido pasarlo por escrito.

Es aquí donde al intelectual se le plantean las reflexiones y la confrontación de las propias ideas con la praxis cotidiana en la continua lucha por adecuar la segunda a las primeras.

En orden al objetivo de hacer dormir a Rosario, el relato fue eficaz y consiguió su fin. Tras escucharlo íntegro, se dio vuelta y durmió de inmediato.

Pero finalizando el relato oral, no podía soslayar lo que estaba yo mismo poniendo a germinar con una narración que puede presumirse plagada de inocencia.

Le estaba hablando a mi hija de una multitud de conceptos políticos y sociológicos que ella, al final de un rosario de relatos similares a lo largo de los años, podría terminar por incorporar –por su habitualidad– como naturales.

Pongan atención en el peligro: podría tomar como naturales ciertos elementos sociales.

Anoten: le estaba hablando de un régimen político, la monarquía hereditaria, en cuyo contexto un príncipe gozaba de toda la prosperidad material para considerarse feliz (bien es cierto que no lo lograba, pero por una privación espiritual). Le estaba hablando de una separación tajante entre la tarea de gobernar y la de traficar bienes materiales (se disfraza de comerciante de telas para ocultar que es un príncipe). Le hablaba de que en otro reino un padre es el que puede decidir con quién se casan sus hijas, y que la sucesión política se decidirá según quien sea el príncipe (un igual del rey) que se case primero con cualquiera de sus siete hijas. Estaba hablando, a la vez, de que en ese reino la condición femenina era obstáculo para suceder en el poder político al padre. O sea: que la política es cosa de hombres y no de mujeres. Le estaba diciendo que a pesar de que el príncipe (vestido de mercader) y la princesa se aman a simple vista, ese matrimonio será imposible porque uno de ambos no es (no parece ser) un igual, un noble. Y que los comerciantes tienen otros iguales con quienes casarse, que están afincados en la plebe. Es más: si afinamos la atención, estaba diciendo que unos no tienen obligación de trabajar –los nobles– y otros sí –la plebe– y que los primeros gobiernan sobre los segundos. También le estaba diciendo a mi hija que los de un estamento que ni trabaja ni gobierna (los soldados), son los que parecen desequilibrar la balanza, porque es recién cuando Jeremías se hace acompañar por ellos y su pueblo al reino de su futuro suegro, que éste se cree perdido. Es decir: la fuerza inclinará la balanza que el amor o las diferencias sociales parecen no poder torcer. Y le estaba diciendo, esto es lo peor, que la historia se forja con conductas individuales que predominan sobre las colectivas: si metí al pueblo en el relato, es porque mientras narraba y forjaba el final en mi mente –como un payador luchando con las rimas– ya iba pareciéndome políticamente incorrecto ese final de príncipes que conducen pueblos como manadas.

Al volcarlo por escrito, al día siguiente, me insumió diez páginas y le hice algunos agregados. Uno es una historia lateral donde un guardia es premiado por su lealtad y valor. Otro, es la libertad política que el príncipe Jeremías decide darle a los pueblos de ambos reinos –unificados con el matrimonio– instaurando una suerte de monarquía parlamentaria.

Igualmente el resultado no me conformó. La igualdad y la libertad política son obtenidas como una gracia real ante un pueblo fiel que ha tenido a bien acompañar al príncipe a perfeccionar la conquista amorosa que hizo de la princesa Zahira. No es el resultado de una lucha, de la eclosión de fuerzas o clases antagónicas. Es todo como un cuento de hadas. Bien que se lo mira, es un cuento de hadas, o de príncipes y princesas.

Estas largas reflexiones vienen a cuento de que no existe discurso inocente en la vida social. Y el entramado social es resultante de líneas discursivas que todos –los niños incluidos– recibimos y prodigamos. Recibimos discursos, que interpretamos y devolvemos en nuevos discursos. La realidad, como construcción social, es una realidad previamente interpretada por los actores sociales; y sujeta, por ende, a una doble hermenéutica.

Por su edad, buena parte de la mirada de Rosario al mundo es la mirada de los ojos de sus padres. Una mirada instituyente. Al narrarle un cuento infantil como muchos, con príncipes, princesas, besos de amor y reyes que quieren casar a sus hijas para encontrar heredero, estoy contribuyendo a transmitir, a una generación sucesiva, un cúmulo de ideas de filosofía de sentido común que es funcional al mantenimiento del mismo orden existente recibido de mis padres. Este orden está basado en una filosofía política aceptada pasivamente por los sujetos sociales. La naturalización de ese bagaje filosófico contribuye a su paulatino anquilosamiento hasta hacernos perder la percepción de que se trata de un hecho social. Lo natural, por esencia, es ahistórico, independiente de la acción de los sujetos sociales. No puede modificarse. Ya cuando modificamos la naturaleza (por ejemplo, cuando manipulamos un cromosoma, o alteramos el medio ambiente), el hecho pasa a convertirse en social.

La confusión de lo social con lo natural es condición necesaria –casi diría suficiente– para comenzar a resignar la libertad.

¿Qué tiene que ver Gramsci con todo esto? Algo: que se dio cuenta de que los eslabones de las cadenas de la dominación social están, primordialmente, en estas muestras inocentes de filosofía de sentido común que son los cuentos infantiles, las supersticiones, la literatura popular, el folklore.

Abordar a Gramsci será motivo de varias notas más. Máxime cuando los genocidas y apropiadores, en sus alegatos, vienen repitiendo frases como insistencia gramsciana o apelando al adjetivo como un descalificativo. Por el momento, leeremos con atención y reservas los cuentos de príncipes y princesas.

lunes, 29 de marzo de 2010

Alberto Moravia (Argentino)


Hace muchos años, mucho antes de leerlo y cuando sólo era un nombre para mi, yo creía que Moravia era argentino. ¿Por qué no va a llamarse Moravia un argentino? ¿Y Alberto? Yo mismo llevo también ese nombre. En todo caso, si no lo era, podía ser argentino.

En una contratapa me esclarecí: italiano. Ya sabemos los nacionales cuán tenues son las fronteras con algunas extranjerías. Ni nos atreveríamos a decirle extranjera a alguna nona. Toco de oído: no hay italianos en mi ascendencia. Pero endoso esta definición que me apostrofó un extranjero muy amable: “Ustedes, los argentinos, son italianos que hablan español y se creen parisinos.”

Postulo que Moravia, sin pretenderlo, brilla por haber pintado, mejor que nadie, los valores de la clase media argentina. Dije sin pretenderlo: los personajes del italiano son italianos. Vamos a las evidencias.

Hay dos Alberto Moravia. Uno es el que padeció una enfermedad feroz que lo postró toda la adolescencia, y lo convirtió en un obsesivo lector. Entiéndase bien: Moravia era joven en los años veinte, no podía caminar, no podía ir a la escuela y solamente podía leer. Estaba condenado a leer. Y lo hizo con una persistencia enfermiza.
Poco antes de los veinte años, cuando pudo ponerse de pie, era dueño de una cultura desmedida. Culto y marxista en la Italia del surgimiento de Mussolini. Pensar era peligroso: Gramsci lo pagó con su libertad y con la vida. Moravia habría de ser más precavido, pero no menos comprometido.
En 1929, con apenas veintidós años, publica Los indiferentes, una novela ambientada en su época, que había comenzado a escribir a los dieciséis. Debe advertirse que nuestro autor ha variado incansablemente alrededor de, apenas, dos o tres temas. Uno de ellos es el análisis inmisericorde, descarnado, de los valores de las clases medias y populares italianas, de la pequeña burguesía, el campesino, el artesano. Lo cual implica hablar, no lo olvidemos, del núcleo de las masas migrantes hacia Argentina.

Le sigue a esa publicación una obra vastísima que transita por la novela, el cuento, el ensayo, los relatos de viajes, el artículo periodístico, la crítica de cine, el drama teatral y el guión cinematográfico hasta pasar los cuarenta títulos (sólo de libros, porque el total de notas periodísticas firmadas por Moravia excede las quinientas, sin contar más de mil críticas de cine). Y hablé antes de dos Alberto Moravia: el segundo es aquel que se comienza a pergeñar en los años cincuenta y más francamente en la década del sesenta cuando, sin perder raigambre en aquella disección de la moral italiana de medio pelo, se permite que las peripecias sexuales en sus personajes constituyan el eje narrativo central, de la mano de una notable influencia del psicoanálisis en esta parte de su obra. Es el Moravia más experimental, el más arriesgado en términos artísticos, el que necesariamente a veces tambalea: comenzar a leerlo por aquí puede ser un infortunio. Casi todos sus cuentos son recomendables; pero destaco, en particular, la novela El aburrimiento, eje del segundo Moravia.

Pero quiero, finalmente, fundar mi aserto de varios párrafos más arriba. Moravia retrata a la clase media argentina. Recomiendo seguir este orden para leer cuatro obras capitales del primer Moravia: la ya nombrada Los indiferentes, que transcurre en los prolegómenos del fascismo, en una familia de clase media que ve surgir ese monstruo, con indiferencia. La Romana, historia de una joven de clase media arruinada que se prostituye. Estamos en el apogeo del fascismo. La campesina, relato sobre una madre y una hija campesinas que ante el avance de los aliados desde el sur huyen hacia el norte. Es el más elocuente en términos de mi tesis. Y recomiendo finalizar esta antología con una poderosa obra que también se ha hecho film: El conformista: un funcionario fascista que asiste con indiferencia, como en un sueño que no le concierne, a la caída de un régimen que lo considera material descartable y lo abandona a su suerte.

Esas cuatro novelas pintan a una sociedad que nos resultará penosamente familiar, en el contexto de circunstancias históricas que –más triste aún es comprobarlo- solo divergen en detalles con las nuestras. Fue tras esas lecturas que pude caer en la cuenta de cuán decisiva ha resultado la influencia de la cultura de la pequeña burguesía italiana en la idiosincrasia argentina contemporánea. Una cultura de contrastes, porque jamás deja de asombrarme que una misma península pueda legarnos a Moravia, a Mussolini, a Gramsci y a Berlusconi; a la pizza, los tallarines y la milanesa, junto con la Cosa Nostra; al Norte versus el Sur; a Verdi y a Rafaella Carrá.

La misma extrema polaridad argentina, la de ese argentino que de sus pasiones hace ciencia; de sus arrebatos, firme opinión. Por eso, como Gardel, como el Virrey Liniers, como Guillermo Brown, como la birome, como tanto sujeto o invento venido de afuera, Alberto Moravia es argentino.