viernes, 6 de enero de 2017

Piglia y Martínez





 Trigorin: ¡Pero si hay lugar para todos, lo mismo
 para los nuevos que para los viejos! 
¿Por qué tiene que empujar, entonces?
(Chejov, La gaviota)

A
utores habituados a ser muy leídos, ensayaremos la relectura de dos textos de ambos (El camino de Ida y Yo también tuve una novia bisexual), haciéndolos dialogar (a los textos, claro). Asumiendo con estoicismo los riesgos de acometer una novela de Piglia, autor de libros tan fundamentales como La ciudad ausente o Respiración artificial; en nuestro parecer, el mayor autor nacional vivo[1]. Un sujeto distante, venido de la academia, que al fin ha resultado ser tan claro y ameno charlista en esas clases memorables sobre Borges que nos prodigó la televisión pública. Y asumiendo también los riesgos de entrometernos con la obra de un buen autor de la generación intermedia como es Martínez, que despliega una cierta clarividencia a la hora de repeler críticas: “(…) el lugar común tan extendido de que es el lector quien completa la obra literaria. Pero un lector puede simplemente no estar preparado para enfrentar a un determinado autor (…) La versión que logre asimilar de lo leído será obviamente pálida, incompleta, incluso equivocada. Si esto parece un poco elitista, baste pensar que suele suceder también exactamente el caso inverso, cuando un lector demasiado imaginativo o un académico entusiasta lanza sobre el texto, como tiros rasantes, conexiones, interpretaciones e influencias que al pobre escritor nunca se le ocurrieron.”[2] ¡Qué será de nosotros, lectores imaginativos, nada académicos aunque entusiastas! ¡Qué hacer ante quien, como Carlos Argentino Daneri sobre Paul Fort, nos dice que al príncipe de los poetas no lo alcanzará la más inficionada de nuestras saetas!

         Manos a la obra. Y lo haremos haciéndole caso a Martínez cuando nos dice, citando a Piglia, que “todo cuento es la articulación de dos historias, una que se cuenta sobre la superficie y otra subterránea, secreta, que el escritor hace emerger poco a poco durante el transcurso del cuento y sólo termina por revelar por completo en el final.”[3]

         Los autores (ambos ganadores del Premio Planeta) escribieron dos novelas contemporáneas (Martínez, 2011; Piglia, 2013). Las dos transcurren en un mismo escenario: el campus universitario estadounidense. En las dos –narradas en primera persona- se suscitan encuentros de índole sexual entre los protagonistas (en ambas, profesores) y sendas mujeres, que son fundamentales en la trama de superficie. En ambas los cuerpos de profesores anfitriones sostienen luchas más o menos soterradas. En las dos la trama subterránea es eminentemente política y contiene fuertes críticas a la sociedad estadounidense, bien que ambas se cuidan también de no caer en lugares comunes.

         Donde otro pondría: “y paremos de contar las coincidencias”, nosotros diremos: “Las dos novelas tienen esta enorme cantidad de coincidencias”. Y se sumarán otras más, bajo la forma de contrapuntos. Pero hagamos primero una mínima síntesis argumental.

         Yo también tuve una novia bisexual (2011) narra la historia de un profesor universitario argentino que en agosto de 2001 viaja a Redground, en el sureño estado de Georgia, a dar un curso. Allí se involucra con una alumna (una relación prohibida por el sexual harassment universitario), Jennifer Johnstone, su novia bisexual, y lo sorprenden los aviones contra las Torres Gemelas durante su estancia.

         El camino de Ida (2013) es la historia de otro profesor universitario muy conocido, el Emilio Renzi de las novelas de Piglia, que a mediados de los 90 también viaja a una universidad de Nueva Jersey a dar un curso, y se involucra –más respetuoso de las reglas- con una colega profesora, Ida Brown, que quizás también fuera bisexual, aunque es indudablemente promiscua y discreta. Ida muere y la investigación de esa muerte parece conducir, por algunos caminos, a Thomas Munk, un alter ego de Ted Kaczynski, el célebre Unabomber.

         Pero Yo también… pretende algo más. Es, en realidad, el pretexto para otras cosas de más vuelo que roces eróticos o aviones estrellándose contra el Pentágono. La novela quiere exponernos, también, la teoría “de los refinamientos dicotómicos”, una teoría filosófico-lógico-estética que esbozaremos un poco más adelante. En los agradecimientos, el primero está dedicado “A Tzvetan Todorov, por una conversación iluminadora en Buenos Aires sobre su libro Crítica de la crítica, y por su generosa disposición para escuchar sobre la teoría de los «refinamientos dicotómicos» que se expone en la novela.” (pág. 219 y previa cita de pág. 132.)

         He aquí una de las muchas coincidencias entre las novelas, que resaltaremos además de las más ostensibles de los primeros párrafos. En El camino… nos encontramos con una afirmación: “El Manifiesto practicaba la crítica de la crítica crítica y no parecía dispuesto a imaginar una alternativa social. En eso era tolstoiano.” (pág. 162). El mentado Manifiesto es el de Thomas Munk. Vale decir: a la doble negación de una, se opone la negación de la negación en la otra, que vuelve a afirmar, completando la tríada dialéctica. En eso es hegeliano.

         Desde ya que no fue esta la primera señal de diálogo entre ambas novelas que encontramos, pero nos sirve para mostrar otras. Hay otra absoluta coincidencia: “Nada termina bien en las buenas novelas, Emilio, dijo Nina” (El camino… pág. 164) y “los finales felices estaban terminantemente prohibidos en las actas de la novela contemporánea” (Yo también… pág. 205). Y también algunos retruécanos, como los coloridos apellidos de las profesoras con quienes tienen que vérselas los protagonistas: Emilio Renzi, con Ida Brown, y el de Yo también… con Rachel Green, una entusiasta militante contra la segregación racial que necesita su voto en un consejo de profesores. Y de la profusa cita de diversos autores que ambos profesores de letras realizan en sus respectivos cursos, tras prolijo confronte sólo hemos podido dar con el de Alfred Jarry (págs. 199 de Yo también… y 262 de El camino…), reticencia que parece adrede para oponernos sendos cánones. (¿Con un escritor del absurdo como intersección?)

         Ahora penetremos en ciertas cuestiones morales que nos ofrecen las dos novelas. Ello nos obliga, de una buena vez, a referirnos a la mentada teoría de los refinamientos dicotómicos. Citamos textuales algunos de sus pilares: “Toda crítica valorativa puede reducirse a una sucesión de términos en pares dicotómicos, de los que el crítico escoge –o ya escogió a priori- uno o su opuesto según su preferencia, su formación, su prejuicio” (pág. 125 de Yo también…) “Cualquiera sea la afirmación de un término y sus razones no pueden considerarse menos válidas las razones del término opuesto.” (pág. 122). O, citando una conversación de Bénichou con Todorov: “Usted tiene razón en decir que articulo antinomias, pero es después de haberlas constatado, o para decirlo mejor, experimentado” (pág. 132). Y estos pilares se unen en un momento culminante de la praxis: “En vez de la práctica habitual frente a las antinomias: lo uno o lo otro, la elección de bando, las escuelas críticas contrapuestas, la argumentación ofensiva-defensiva, la antinomia es mucho más reveladora -y productiva- en el momento de vacilación (…) cuando los dos términos opuestos conviven a la vez con toda su tensión en la misma mente (como contradicción, como incoherencia, como crisis de postulados que se tenían por firmes…)” (págs. 132/133).

         Vale decir que en Yo también… encontramos las herramientas necesarias para desplegar una ética ante sendos dilemas morales. Y podríamos decir que ambas novelas coinciden en permitir que el lector (¡oh!) complete la obra literaria con su elección moral. Porque entre la tensión (acotamos: absurda) entre la rígida moral sexual del Estado de Georgia y la amoralidad política que les permite a esos estadounidenses ilustrados de clase media sintetizar que el derribo de las Torres Gemelas obedece a “envidia de todo lo que logró nuestro país” el lector tiene que realizar su elección moral, o establecer algún par dicotómico para cada término. Y lo mismo nos ocurre cuando en el Manifiesto, (El camino… pág. 158), Thomas Munk nos ofrece una sucinta pero no menos realista justificación de por qué “Para difundir nuestro mensaje con alguna probabilidad de tener un efecto duradero tuvimos que matar a algunas personas”. Convengamos que la elección moral que aquí se nos propone es más sofisticada, porque aunque pueda aterrar que resulte necesario matar a algunas personas para tener efecto duradero con un mensaje, es absolutamente cierto lo que ofrece Munk de justificación: “si no hubiéramos cometido algunos actos de violencia y hubiéramos enviado el presente escrito a un editor, probablemente no habríamos conseguido que lo publicaran. Si lo hubiese aceptado y publicado, probablemente no habría tenido muchos lectores porque es más interesante la diversión propuesta por los media que leer un ensayo serio. Pero si este escrito hubiese tenido muchos lectores, la mayor parte de ellos lo habría rápidamente olvidado vista la masa de material con que los medios inundan nuestra mente.”

         A la vista de ambos textos literarios, nos acontece una auténtica vacilación ante este “tuvimos que matar a algunas personas”, en contraposición a la bastante más llana tensión entre las transgresiones al sexual harassment y la mortal candidez moral de la civilizada secretaria yanqui (en la novela se llama Bárbara), que sólo puede ver envidia en lo que es efecto de una compleja política imperial. [4] Hasta se nos antoja que una novela le dice a la otra: “a mi no me hace falta vulnerar ningún sexual harassment para escribir una novela, porque en la mía mantenemos el comercio sexual entre profesores”. Y la misma novela –copetines mediante- se envalentona más, diciéndole a la otra: “¿Vos estás de vuelta? Yo estoy de ida”. Y le opone una amante open-minded a una simple novia bisexual. Hasta podemos aventurar que si en Yo también… se plantea el desafío estético de una novela que no fuera atrapada por el centenar de pares dicotómicos conocidos hasta ahora (pág. 170), El camino… le grita (sirva otra vuelta, mozo): “¿Te creés que vos sos esa novela? ¿Y si lo soy yo?” Casi vemos que parece estarle “anticipando que ese era su terreno y que no me convenía entrar ahí” (El camino… pág. 20).

         En todo caso, ambas novelas nos proponen sendas miradas de la sociedad estadounidense: la sociedad ante sí misma, mirada desde afuera (Yo también…) y la misma sociedad mirada desde adentro (El camino…). Una explosión y una implosión. Lo cual no es una diferencia, sino una más de tantas coincidencias, como esta otra: nunca nos obligan a elegir un bando.

         No hicimos más que cumplir con un mandato: “a inclinarse otra vez hacia el texto para releer.”[5] Y en confiar en que “Un libro en sí mismo, aislado, no significa nada. Hacía falta un lector capaz de establecer el nexo y reponer el contexto”. Porque “usted habría debido inferir, como haría un plagiario, la posibilidad de que alguien por azar, al estar justo leyendo ese libro, podía descubrir la conexión.” [6] Y nos place mucho cuando la realidad se ajusta a nuestros descubrimientos, créanos.[7] Y se nos presenta otra vez El camino…, diciéndonos: “¿No es notable que una serie de acontecimientos y el carácter de un individuo concreto se puedan describir transcribiendo el fragmento de una obra literaria? No era la realidad la que permitía comprender una novela, era una novela la que daba a entender una realidad que durante años había sido incomprensible” (pág. 231).

         “El problema perpetuo es cómo ligar el pensamiento a la acción.”[8]

         Ese siempre es un camino de ida.

Daniel Ortiz



[1] Este artículo data de 2014 y fue publicado en el boletín digital de la Biblioteca Popular Sudestada de julio de ese año.
[2] Guillermo Martinez, La fórmula de la inmortalidad, Buenos Aires, Seix Barral, 1era. edición, 2005, pág. 10
[3] Op. cit., pág. 78. Aunque a renglón seguido Martínez relativiza la cita de Piglia adjudicándole el germen de la idea a Borges. Lo cual confirma nuestra tesis, expresada en la nota -en prensa- Borges, como el peronismo (con la expresión nada académica de que “no hay escritor argentino sin su Borges atravesado como la fatalidad de un empalamiento.”)
[4] Recomendamos la lectura del capítulo “Sobre el 11 de septiembre”, en Guillermo Martinez, La fórmula de la inmortalidad, ya citado, págs. 25 a 32, escrito por su autor para ser leído en septiembre de 2002 en Iowa, EEUU.
[5] Yo también… (pág. 133).
[6] El camino… (pág. 281)
[7] No hablamos en plural porque seamos muchos, sino por darnos valor guareciéndonos en la horda, aún siendo uno.
[8] El camino… (pág. 280)

martes, 7 de abril de 2015

Juan Bautista Duizeide - La canción del naufragio


En “El cuento por su autor” (Página/12, 02/01/2015), Duizeide, explicando su cuento Distancias, nos refresca disimuladamente su plan estético de vida: cuenta que buscando una nueva mirada en La Boca para el Proyecto Orillas que viene realizando junto con Fabiana Di Luca (www.proyectoorillas.blogspot.com), dio con un lugar donde había amarrado hacia 1980 con el King o el Murature en una de sus tempranas travesías. Debemos haber compartido navegación, porque yo también me acuerdo de ese lugar que parece tan ajeno a Buenos Aires. Y que con el peso de la herencia de tantas miradas que recorrieran La Boca, dio en contemplar al botero que cumple el servicio La Boca-Isla Maciel (ahí también me llevaron otras travesías, siguiendo a mi equipo de fútbol en el ascenso): divagando, cayó en la cuenta que esa breve singladura, repetida ida y vuelta en décadas, daba la sumatoria en millas náuticas de una vuelta al mundo. Y sin salir del Riachuelo.

         También la vida, la tierra, la sociedad, la política, las ideas, el amor, los proyectos, los amigos, todo, se puede narrar sin moverse del mar. Y en esto anda Duizeide desde hace varios años. Y pareciera que por muchos más –acaso todos- no piensa moverse de ahí. Como en esa canción de La Portuaria, donde el protagonista se propone mirar todo el mundo desde ese bar de la calle Rodney. Y, en esa “ciudad de brujas y de asfalto, un puerto sin salida al mar” dice La Portuaria que “si navegar es tan preciso, hoy voy a sentarme en el bar, a viajar, perdiendo el tiempo, perdiendo el tiempo yo voy viajar.”

         Eso es lo que hace el protagonista de la novela, Martin Reyero, cuando acepta embarcarse como relevo del tercer piloto en un cascajo flotante de bandera argentina, un granelero llamado Caleta Leona. Pasa su última noche en un bar y perseguido por la melodía pegajosa de Lambada (“Chorando se foi…”), embarca en ese sarcófago oxidado. Desfilan personajes que son todos entrañables, salvo el primer oficial Daniel Ortiz, quien sin embargo, para el entendido y a su modo, es apenas uno más de los inadaptados que sólo encuentran un lugar en el mundo si es a bordo: “Para qué se habría casado Ortiz. Si conviene que nada ate a tierra a un navegante. Para qué se casaría la gente. Si conviene no tener nadie a quien extrañar. Para qué se habrían casado sus padres. Él se había prometido, para siempre, soledad.” Especialmente querible es el tal Galleta, un piloto de tierra adentro que no forma parte de la tripulación y que sólo es mentado en las remembranzas del protagonista, en zonas donde el autor juega a su gusto sobre las fronteras de la ficción y la crónica.

         La novela-canción transcurre en cuatro partes: Vísperas (largo); Singladuras (andante); La voz del escobén (scherzo); En la bahía (finale presto). Cada una, con una portada ilustrada por Fabiana Di Luca. El listado extenso de agradecimientos nos hace ver a un autor cuando menos amable y seguramente bastante acompañado, a diferencia del solitario Reyero. El iniciado en la ya importante obra de Duizeide podrá hallar en estas páginas una versión ficcional de los temas desarrollados en Crónicas con fondo de agua. Vidas secretas del Río de la Plata (2010).

         Hace tiempo venimos señalando que se va forjando un corpus de relatos y poesías de una época reciente que desafía a la memoria del impaciente argentino de clase media, que hace de la uña encarnada un cáncer del alma, y es tiranizado cuando no puede comprar divisas para atesorar. Nos referimos a la década infame del menemismo, que algún día habrá que explicarles a los jóvenes, como se enseña la dictadura, porque también parece cuento. En esta misma sección hablamos de lo arduo que era narrar el vacío que deja lo que se destruye, la nada, los tiempos en que la ilusión era utopía privada; comentando los libros de Gabriel Reches La Caja y La evolución – VERSION DOS decíamos: “¿Cómo narrar lo que no se hizo, el vacío, lo que se perdió, lo que se dejó pasar, lo que se olvidó, lo que se esfumó entre uno a uno, champagne y frivolidad institucionalizada?”


La canción del naufragio se inscribe en esta gloriosa épica: narrar el obsceno vacío noventoso. El que se llevó la flota mercante estatal mientras el Presidente decía que la Ferrari Testarossa es mía, mía, mía. Y el recuerdo de esa flota, de esa Argentina, va a estar con él adonde vaya (va a estar con el ficticio Reyero, pero éste no lo sabe todavía a bordo por entonces del Caleta Leona, como ya lo sabe Duizeide en tierra, hoy en día). Y en el recuerdo de los barcos que se malvendieron o se hicieron chatarra lloraremos, como al recordar a un amor que un día no supimos cuidar.

jueves, 22 de mayo de 2014

Martín Raninqueo - Haikus de Guerra

Martín Raninqueo, Haikus de Guerra, La Plata, Editorial Reloj de Arena, 2013, 1ra. edición.



Para hablar sobre este libro hay que suministrar algunos datos:

  • El haiku es una construcción poética propia de la literatura japonesa que consiste en una estrofa única de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. Todo el poema se agota en esa estrofa. Si bien ha sido adoptado con entusiasmo por autores de muy diversas culturas, en la lengua original se estila que el haiku aluda a una estación del año y realice alguna referencia a la naturaleza.

  • La xilografía es una técnica de impresión que consiste en grabar en madera una ilustración para, luego de impregnarla en tinta, llevarla a otro soporte, como el papel.

  • Martín Raninqueo es, hoy, poeta y músico. Su bisabuelo fue un cacique pampa al que el ejército corrió de sus tierras. En una de su canciones dice: “La pucha, soy argentino / sin tierras en Argentina.”

  • Cuando Martín Raninqueo tenía diecinueve años fue soldado en Malvinas y allí luchó. Volvió para cantarlo.

  • Uno de los haikus del libro:

Sol en el monte
Cantamos el Himno
(fingimos coraje)

miércoles, 17 de julio de 2013

Marcelo Caruso: Un pez en la inmensa noche - Brüll





S
uelen ocurrir sucesos insólitos e inaugurales, y este se dio un domingo, día en que la Biblioteca Popular Sudestada no abre, y ese día no era la excepción, porque solo estábamos adentro de paso, guardando algunos trastos después de homenajear a García Lorca y redescubrir su busto. Un trasnochado llegó, preguntando por el homenaje. Luego de haber realizado prodigios para convocar público, después para evitar que nos lo dispersaran el frío y la lluvia en ciernes, y de haber concluido todo con el sabor de un trabajo cumplido que podría haber servido para una multitud pero fue para un puñado de lorquianos empecinados, esta presencia tardía solo nos sacó una mueca y un escueto “Acaba de terminar, una pena”. El desconocido dejó una bolsa de libros en donación y se fue como vino.
Eran unos quince ejemplares de Un pez en la inmensa noche. No resultó muy aventurado suponer que se trataba del autor. Íbamos a posponer el minucioso examen para los días siguientes, pero nos ganó el lector empecinado. En la tapa el libro anunciaba que había sido premiado y una buena contratapa prometía un contenido digno de un premio. Nos acompañó a nuestra casa. Hasta aquí lo inaugural.

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L
o insólito vino al comenzar a pasar las hojas. Renunciamos a toda pretensión de dosificar en misterio lo que sigue. Un desconocido para el gran público es un enorme escritor nacional que tiene un libro de relatos de juventud donde cada uno es un alarde de dominio profundo de la técnica narrativa. Letino es el premiado en el concurso Latinoamericano de Cuento de Puebla, México de 1988 (se sabe que García Márquez no consiguió pasar la selección en el concurso del 85). En este relato de tinte fantástico, la apelación sutil a los recursos del género lleva íntimamente de la mano a la dulce evocación de los orígenes. Le sigue Las trampas, un relato ambientado en el Tigre (un preanuncio de la geografía de Brüll) que goza de la particularidad de ser relato realista y de terror, sin apelaciones a lo sobrenatural. Caruso lo consigue. Lo mismo podría decirse –es sólo una lectura posible- de cierto intolerable clima de que algo va a pasar que queda abierto aún al final de Lobizón, un relato de pueblo suburbano donde la barra de adolescentes intenta sacudirse el yugo de cierto machito de barrio apostando todo a una ordalía con un rival redentor. Podríamos afirmar, de Caruso, no sólo que se trata de un gran lector, sino que nos permite descubrir sus lecturas en sus relatos: a Bradbury en Letino, a Briante en Lobizón, a Rulfo en El Turbio. En todos los relatos, un deliberado borroneo de los contornos de la realidad y una destreza para moverse como un pez en la inmensa noche por comarcas oníricas. Los finales, sin ser abiertos, apuestan a un lector inteligente que cierre los relatos, y ese es sólo uno más –y generoso- de los tantos aciertos de este narrador y su primer libro de cuentos.


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(L
os ejemplares del libro empezaron a circular entre los voluntarios y a sucederse los comentarios. Dimos con el autor, le agradecimos los libros e incorporamos al catálogo un ejemplar. Se declaró culpable de una novela, Brüll, finalista del Premio Planeta 1995. Obviamente, queríamos también un ejemplar. Se vino otra vez a la Biblioteca y nos trajo dos. Con este libro, se completa su obra editada. Tiene otra novela –un arduo trabajo que le viene llevando demasiados años- en búsqueda de editor. Nos habló de ella.)

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V
enimos renunciando a la sorpresa porque la sorpresa es el hallazgo de un autor que –aunque se resista- está entre los diez primeros autores nacionales. Lo hemos conocido, lo presumimos ajeno a toda veleidad. Démosle el gusto. El ranking se refiere a autores nacionales vivos. No está conforme (parece no estarlo nunca, y vale). Pongámoslo en el número diez. “Caruso: diez”, digámosle. Si no le gusta, podemos agregar: “El problema es suyo, usted puso ciertos libros en el mundo y ya no le pertenecen, nos pertenecen a nosotros y podemos glosarles nuestra lectura.” Hagámonos cargo ahora, que lo hemos leído.
         Empezaremos por el final, por la conclusión: Brüll fue un libro prematuro para la claudicante Argentina noventosa. De ahí que si bien tuvo el honroso premio de haber sido finalista del Premio Planeta del 95, no ha sido nuevamente editado nunca. Es un libro que, editado hoy o unos pocos años antes, en la cresta de la ola de algunos temas, hubiera sido debatido hasta el cansancio. Pero a algunos autores les toca el solitario rol de pertenecer a las vanguardias. Y no puede ser otro el caso de un escritor que en una novela habla del macabro lastre de los vuelos de la muerte antes de que un arrepentido y despechado capitán se confesara ante Verbitsky. El tema no era nuevo –había aflorado en el Juicio a las Juntas- pero faltaba quien le pusiese la firma y este marino lo hizo. Pues bien: en la novela, Brüll –que vive a dos horas y media del Tigre en una isla y es un escultor que no puede esculpir porque tiene las manos enfermas- descubre que a diario el río devuelve cadáveres. Pero eso apenas lo vislumbramos hacia la mitad, es como la historia de fondo, porque adelante, como para distraernos, el autor nos pone el drama de Mariano, el protagonista, que va al Tigre a buscar a su ex novia (Caruso le puso Virginia), la pareja de Brüll, que le ha escrito algo ambiguo. Le ha escrito una carta postal, no es época de emails, porque estamos en la dictadura. Y allí va Mariano, en una sudestada feroz (vean que no es casual la homonimia del sitio donde Caruso ha venido a dar con sus libros), a redimir a Virginia, a rescatarla cual Ariadna con su hilo a Teseo. Y nos tropezamos con cierta fauna islera, con gente que prefiere quedarse ahí –a cualquier costo- antes que irse. Porque no se fueron antes, cuando las cosas se habían puesto fuleras, no se iban a ir ahora. Una fauna de inmolados descastados, un cierto Caronte que juntacadáveres, un buchón o cabo de la Prefectura que a veces parece como arrepentido, o es tan buchón que buchonea para todos lados…
         Podríamos contar el final, pues nada quitaría a la lectura. No todo, y sí mucho, está en cómo narra Marcelo Caruso. Encima nos dice cosas, tiene cosas para decirnos. Y por añadidura es de esos libros impostergables, de esos libros que uno siente que pierde el tiempo mientras tiene que interrumpir la lectura. Ha dejado pasar el tiempo entre estos libros y la novela que se viene. Quizás ello le permita ser actual, ya que en los noventa, con Brüll, hemos mostrado ser tan poco proclives a leer lo que tenía para decirnos. En cualquier caso, celebremos el libro que se viene.
  
(Ambos libros disponibles para préstamo en la Biblioteca Popular Sudestada)