miércoles, 21 de abril de 2010

Gramsci y El príncipe que no era feliz


Rosario, mi hija, nos reclama la narración de un cuento antes de dormir. Como la consigna de una de estas noches era que versara sobre caballeros, castillos y príncipes, improvisé uno, largo, que titulé El príncipe que no era feliz, y que puede resumirse así en su versión oral:

El príncipe Jeremías tiene un próspero reino y vive en paz con sus vecinos, pero no es feliz. Sus amigos y súbditos quieren hacerlo feliz pero no aciertan a lograrlo. Entonces Jeremías proclama que le falta el amor de una princesa, y que saldrá de su reino para buscarlo. Lo hace, vestido de comerciante de telas y en un reino vecino, donde un poderoso rey quiere hacer heredero a aquel príncipe que se case primero con cualquiera de sus siete hijas, encuentra a la princesa Zahira, de quien solo puede ver sus ojos verdes, pues un velo le oculta el rostro. En un paseo público de la corte la conoce, se enamoran a simple vista y Jeremías pasa mil peripecias para acercarse a ella y confesarle su amor, pues para todos es un simple comerciante. Es expulsado del reino, pero para lograr su cometido, vuelve al suyo, informa que ha conocido a una princesa y le pide a toda su corte, soldados, campesinos, amigos y artesanos que lo acompañen a pedir la mano de Zahira. Se ponen en marcha y, al llegar, el padre de Zahira cree que está siendo invadido por fuerzas muy superiores. Perdido, recibe a Jeremías, descubre que es un príncipe y con alegría le da la mano de su hija, que al contraer matrimonio corre su velo y besa al novio por primera vez, tras lo cual, son felices por muchos años.

En prevención de lo que suele ocurrir con Rosario –hay que repetirle los cuentos en noches sucesivas– decido pasarlo por escrito.

Es aquí donde al intelectual se le plantean las reflexiones y la confrontación de las propias ideas con la praxis cotidiana en la continua lucha por adecuar la segunda a las primeras.

En orden al objetivo de hacer dormir a Rosario, el relato fue eficaz y consiguió su fin. Tras escucharlo íntegro, se dio vuelta y durmió de inmediato.

Pero finalizando el relato oral, no podía soslayar lo que estaba yo mismo poniendo a germinar con una narración que puede presumirse plagada de inocencia.

Le estaba hablando a mi hija de una multitud de conceptos políticos y sociológicos que ella, al final de un rosario de relatos similares a lo largo de los años, podría terminar por incorporar –por su habitualidad– como naturales.

Pongan atención en el peligro: podría tomar como naturales ciertos elementos sociales.

Anoten: le estaba hablando de un régimen político, la monarquía hereditaria, en cuyo contexto un príncipe gozaba de toda la prosperidad material para considerarse feliz (bien es cierto que no lo lograba, pero por una privación espiritual). Le estaba hablando de una separación tajante entre la tarea de gobernar y la de traficar bienes materiales (se disfraza de comerciante de telas para ocultar que es un príncipe). Le hablaba de que en otro reino un padre es el que puede decidir con quién se casan sus hijas, y que la sucesión política se decidirá según quien sea el príncipe (un igual del rey) que se case primero con cualquiera de sus siete hijas. Estaba hablando, a la vez, de que en ese reino la condición femenina era obstáculo para suceder en el poder político al padre. O sea: que la política es cosa de hombres y no de mujeres. Le estaba diciendo que a pesar de que el príncipe (vestido de mercader) y la princesa se aman a simple vista, ese matrimonio será imposible porque uno de ambos no es (no parece ser) un igual, un noble. Y que los comerciantes tienen otros iguales con quienes casarse, que están afincados en la plebe. Es más: si afinamos la atención, estaba diciendo que unos no tienen obligación de trabajar –los nobles– y otros sí –la plebe– y que los primeros gobiernan sobre los segundos. También le estaba diciendo a mi hija que los de un estamento que ni trabaja ni gobierna (los soldados), son los que parecen desequilibrar la balanza, porque es recién cuando Jeremías se hace acompañar por ellos y su pueblo al reino de su futuro suegro, que éste se cree perdido. Es decir: la fuerza inclinará la balanza que el amor o las diferencias sociales parecen no poder torcer. Y le estaba diciendo, esto es lo peor, que la historia se forja con conductas individuales que predominan sobre las colectivas: si metí al pueblo en el relato, es porque mientras narraba y forjaba el final en mi mente –como un payador luchando con las rimas– ya iba pareciéndome políticamente incorrecto ese final de príncipes que conducen pueblos como manadas.

Al volcarlo por escrito, al día siguiente, me insumió diez páginas y le hice algunos agregados. Uno es una historia lateral donde un guardia es premiado por su lealtad y valor. Otro, es la libertad política que el príncipe Jeremías decide darle a los pueblos de ambos reinos –unificados con el matrimonio– instaurando una suerte de monarquía parlamentaria.

Igualmente el resultado no me conformó. La igualdad y la libertad política son obtenidas como una gracia real ante un pueblo fiel que ha tenido a bien acompañar al príncipe a perfeccionar la conquista amorosa que hizo de la princesa Zahira. No es el resultado de una lucha, de la eclosión de fuerzas o clases antagónicas. Es todo como un cuento de hadas. Bien que se lo mira, es un cuento de hadas, o de príncipes y princesas.

Estas largas reflexiones vienen a cuento de que no existe discurso inocente en la vida social. Y el entramado social es resultante de líneas discursivas que todos –los niños incluidos– recibimos y prodigamos. Recibimos discursos, que interpretamos y devolvemos en nuevos discursos. La realidad, como construcción social, es una realidad previamente interpretada por los actores sociales; y sujeta, por ende, a una doble hermenéutica.

Por su edad, buena parte de la mirada de Rosario al mundo es la mirada de los ojos de sus padres. Una mirada instituyente. Al narrarle un cuento infantil como muchos, con príncipes, princesas, besos de amor y reyes que quieren casar a sus hijas para encontrar heredero, estoy contribuyendo a transmitir, a una generación sucesiva, un cúmulo de ideas de filosofía de sentido común que es funcional al mantenimiento del mismo orden existente recibido de mis padres. Este orden está basado en una filosofía política aceptada pasivamente por los sujetos sociales. La naturalización de ese bagaje filosófico contribuye a su paulatino anquilosamiento hasta hacernos perder la percepción de que se trata de un hecho social. Lo natural, por esencia, es ahistórico, independiente de la acción de los sujetos sociales. No puede modificarse. Ya cuando modificamos la naturaleza (por ejemplo, cuando manipulamos un cromosoma, o alteramos el medio ambiente), el hecho pasa a convertirse en social.

La confusión de lo social con lo natural es condición necesaria –casi diría suficiente– para comenzar a resignar la libertad.

¿Qué tiene que ver Gramsci con todo esto? Algo: que se dio cuenta de que los eslabones de las cadenas de la dominación social están, primordialmente, en estas muestras inocentes de filosofía de sentido común que son los cuentos infantiles, las supersticiones, la literatura popular, el folklore.

Abordar a Gramsci será motivo de varias notas más. Máxime cuando los genocidas y apropiadores, en sus alegatos, vienen repitiendo frases como insistencia gramsciana o apelando al adjetivo como un descalificativo. Por el momento, leeremos con atención y reservas los cuentos de príncipes y princesas.

lunes, 29 de marzo de 2010

Alberto Moravia (Argentino)


Hace muchos años, mucho antes de leerlo y cuando sólo era un nombre para mi, yo creía que Moravia era argentino. ¿Por qué no va a llamarse Moravia un argentino? ¿Y Alberto? Yo mismo llevo también ese nombre. En todo caso, si no lo era, podía ser argentino.

En una contratapa me esclarecí: italiano. Ya sabemos los nacionales cuán tenues son las fronteras con algunas extranjerías. Ni nos atreveríamos a decirle extranjera a alguna nona. Toco de oído: no hay italianos en mi ascendencia. Pero endoso esta definición que me apostrofó un extranjero muy amable: “Ustedes, los argentinos, son italianos que hablan español y se creen parisinos.”

Postulo que Moravia, sin pretenderlo, brilla por haber pintado, mejor que nadie, los valores de la clase media argentina. Dije sin pretenderlo: los personajes del italiano son italianos. Vamos a las evidencias.

Hay dos Alberto Moravia. Uno es el que padeció una enfermedad feroz que lo postró toda la adolescencia, y lo convirtió en un obsesivo lector. Entiéndase bien: Moravia era joven en los años veinte, no podía caminar, no podía ir a la escuela y solamente podía leer. Estaba condenado a leer. Y lo hizo con una persistencia enfermiza.
Poco antes de los veinte años, cuando pudo ponerse de pie, era dueño de una cultura desmedida. Culto y marxista en la Italia del surgimiento de Mussolini. Pensar era peligroso: Gramsci lo pagó con su libertad y con la vida. Moravia habría de ser más precavido, pero no menos comprometido.
En 1929, con apenas veintidós años, publica Los indiferentes, una novela ambientada en su época, que había comenzado a escribir a los dieciséis. Debe advertirse que nuestro autor ha variado incansablemente alrededor de, apenas, dos o tres temas. Uno de ellos es el análisis inmisericorde, descarnado, de los valores de las clases medias y populares italianas, de la pequeña burguesía, el campesino, el artesano. Lo cual implica hablar, no lo olvidemos, del núcleo de las masas migrantes hacia Argentina.

Le sigue a esa publicación una obra vastísima que transita por la novela, el cuento, el ensayo, los relatos de viajes, el artículo periodístico, la crítica de cine, el drama teatral y el guión cinematográfico hasta pasar los cuarenta títulos (sólo de libros, porque el total de notas periodísticas firmadas por Moravia excede las quinientas, sin contar más de mil críticas de cine). Y hablé antes de dos Alberto Moravia: el segundo es aquel que se comienza a pergeñar en los años cincuenta y más francamente en la década del sesenta cuando, sin perder raigambre en aquella disección de la moral italiana de medio pelo, se permite que las peripecias sexuales en sus personajes constituyan el eje narrativo central, de la mano de una notable influencia del psicoanálisis en esta parte de su obra. Es el Moravia más experimental, el más arriesgado en términos artísticos, el que necesariamente a veces tambalea: comenzar a leerlo por aquí puede ser un infortunio. Casi todos sus cuentos son recomendables; pero destaco, en particular, la novela El aburrimiento, eje del segundo Moravia.

Pero quiero, finalmente, fundar mi aserto de varios párrafos más arriba. Moravia retrata a la clase media argentina. Recomiendo seguir este orden para leer cuatro obras capitales del primer Moravia: la ya nombrada Los indiferentes, que transcurre en los prolegómenos del fascismo, en una familia de clase media que ve surgir ese monstruo, con indiferencia. La Romana, historia de una joven de clase media arruinada que se prostituye. Estamos en el apogeo del fascismo. La campesina, relato sobre una madre y una hija campesinas que ante el avance de los aliados desde el sur huyen hacia el norte. Es el más elocuente en términos de mi tesis. Y recomiendo finalizar esta antología con una poderosa obra que también se ha hecho film: El conformista: un funcionario fascista que asiste con indiferencia, como en un sueño que no le concierne, a la caída de un régimen que lo considera material descartable y lo abandona a su suerte.

Esas cuatro novelas pintan a una sociedad que nos resultará penosamente familiar, en el contexto de circunstancias históricas que –más triste aún es comprobarlo- solo divergen en detalles con las nuestras. Fue tras esas lecturas que pude caer en la cuenta de cuán decisiva ha resultado la influencia de la cultura de la pequeña burguesía italiana en la idiosincrasia argentina contemporánea. Una cultura de contrastes, porque jamás deja de asombrarme que una misma península pueda legarnos a Moravia, a Mussolini, a Gramsci y a Berlusconi; a la pizza, los tallarines y la milanesa, junto con la Cosa Nostra; al Norte versus el Sur; a Verdi y a Rafaella Carrá.

La misma extrema polaridad argentina, la de ese argentino que de sus pasiones hace ciencia; de sus arrebatos, firme opinión. Por eso, como Gardel, como el Virrey Liniers, como Guillermo Brown, como la birome, como tanto sujeto o invento venido de afuera, Alberto Moravia es argentino.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Kafka



Panegírico
Kafka

Muchas veces abrigué el sentimiento vano de participar un poco de eso en que debió consistir ser Kafka. Sabiéndome, a la vez, indigno de ello, Franz me resulta querido, querible y merecedor del primer panegírico. Los deberes escolares suelen ponernos en el pupitre a las desventuras de Gregorio Samsa. Apelo al capullo de cucaracha por resultar figura bien conocida. Eso podría definir qué era ser Kafka para Franz. Un muchacho muy alto, de ojos tristes y orejas abiertas con una salud débil. Un judío en Europa, que tuvo el azar prematuro de fallecer cuando ser judío en Europa se convirtió en faena por demás peligrosa: buena parte de la estirpe de los Kafka se extinguió en el Holocausto. Un muchacho judío que, para colmo, habla alemán en Praga, mientras los más hablan checo.

Aplicado hasta el fin, sigue el mandato paterno y tiene una carrera universitaria. Como muchos abogados antes y después, escribe en los ratos que roba a su empleo de asesor legal en una compañía de seguros. Podemos verlo inclinado sobre su escritorio, garabateando en grafía imposible bocetos de cuentos, llenando su diario, escribiendo cartas. Estas cartas nos han llegado: breves treguas atemperaban sus relaciones amorosas, los compromisos y las sucesivas rupturas de los noviazgos. La excepción, quizás, el franco y sereno diálogo de dos décadas con el amigo Max Brod.

Publica poco en vida. Algunos cuentos, un breve diario de viaje, capítulos de una novela, un cuento largo. Da algunas charlas, venciendo su inmoderada timidez. Vive en una época peligrosa: el mundo se arma para exterminarse. Con toda crudeza: debemos a la tuberculosis de Kafka la escritura de El proceso o El castillo. No resultando apto para el servicio militar se salva de morir de inanición o por la metralla en una trinchera en la Primera Guerra. Su tributo es escribir. Escribir para sobrevivir. Kafka sobrevive hasta 1924 cuando, joven aún, apenas pasados los cuarenta años, la enfermedad se lo lleva. Podemos imaginarlo en denodada lucha contra la esquiva inspiración, contra las palabras que no le vienen, con la audición exacerbada por la tisis, tosiendo y escupiendo sangre, llenando páginas y páginas de sus dos grandes obras inconclusas. Baños de sol, comidas forzadas, climas benignos. La lucha es en vano. Le encomienda a su amigo, en noviembre del 22, que ejecute la sentencia que le dicta para aquellos textos que no ha publicado: “Querido Max, quizá esta vez no vuelva a levantarme (…) todo lo demás que yo he escrito (…) sin excepción y de preferencia sin ser leído (…) todo esto ha de ser quemado sin excepción alguna y te ruego que lo hagas lo más pronto posible. Franz.”

En los últimos meses lo acompaña una mujer que corresponde a sus sentimientos. La desdicha, condición necesaria pero no suficiente para el artista. Falaz o no, Kafka es testimonio de este aserto. La saludable infidelidad de su mejor amigo –hasta en eso Franz fue desdichado- pone a esa obra literaria suya que nos resulta hoy tan ineludible, en un plano que su modestia hubiera rechazado con encono. Joseph K., K. o Gregorio Samsa eran, para Franz, lastres que sortearían su definitiva partida. Se cree indigno de ello.

“¡Como un perro! –dijo; y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle.”

martes, 15 de diciembre de 2009

Le mat


Yo los conocí, como los han conocido todos, en la calle, o en el subterráneo, o en la entrada de algún edificio público, haga frío, llovizne con insistencia o exuden vapor los cuerpos en los días húmedos del verano. Primero di con Patricio un día que no olvidaré fácilmente, porque venía de velar en un café los despojos de mi relación con Abril, le había dicho adiós por última vez, y aunque marchaba seguro por Florida hacia Plaza de Mayo rumbo a un trámite, mi paso era desganado y como de autómata compungido. Ni siquiera podía apreciar la multitud de porteñas lindas que en ese día de temprana primavera marchaban con sus hombros desnudos, sus pantalones negros ajustados y elegantes, y sus sacos en el brazo o colgados de las carteras, sofocadas por los primeros calores. Nada veía, la mirada ida y perdida, hacia adelante, cuando me sobrecogí primero y me fastidié después con el bochorno del canto desafinado- horriblemente desafinado- del loquito que terminó siendo Patricio. Era un grito, un graznar desconsolado, una provocación exhalada desde una mirada más ausente que la mía. Le cegaba los oídos el auricular de un walk-man y por eso supuse que cantaba. Hice un chasquido con la boca, como cuando algo nos molesta mucho -y eso me molestaba mucho- amagué decirle algo, pero no lo hice, y hasta bendije la distracción pasajera de mis penas.

Como Patricio caminaba más rápido que yo, tomó la delantera. A mí me dio por seguirlo, porque íbamos hacia el mismo lado: cada tantos pasos gritaba un canto como un lamento mohicano y alarmaba a quienes, desprevenidos, no se esperaban tal acecho. Al cabo tornó a aplaudir cada cinco pasos, y seguramente el ritmo de lo que oía le dictaba esas palmas escandalosas con que se hacía anunciar como un leproso. En Diagonal Norte yo doblé hacia la Plaza y él siguió de largo hacia Rivadavia.

En vano fatigué hileras de contribuyentes y golpeé con los nudillos mostradores demasiado acostumbrados a ser golpeados por contribuyentes exasperados. En vano clamé por el Libro de Quejas, inútil fue hacer desperezar al Jefe de Sección: nada pudo mover los engranajes de la administración esa tarde. Salí. A una cuadra de allí conservaba su estudio centenario el influyente doctor Ismael Rodriguez, el representante consular de Ranchos en la Capital, a quien quería interesar en un largo pleito por unas tierras litigiosas que reclamaba un cliente mío en una herencia, para que alegara por sus derechos en su discurso anual por la fiesta patronal del pueblo.

Me hice anunciar y aguardé en la sala de espera, entre timadores, jubilados y nerviosos deudores morosos.

Un grito y unos aplausos me llegaron de adentro, como confirmando que Buenos Aires es todavía una gran aldea, un mundo que es grande como un pañuelo, porque aún podemos cruzarnos dos veces a la misma persona en el mismo día y no asombrarnos por ello. Al ratito salió el loco, y gritando y aplaudiendo cruzó el umbral. Rodriguez vino a mí como si nada, jugando entre sus manos con un pisapapel esférico de vidrio, sonriendo.

- ¿Qué dice, doctorazo?

Yo intenté durante un rato llevar una conversación que luego de las cortesías condujese hacia la segura influencia de un párrafo mío en un discurso suyo, pero la perplejidad me vencía. Quizás para Rodriguez fuese corriente atender gente que venía a gritar, o quizás gritase él también a la gente que venía a ser atendida. Lo cierto es que abandonando por un momento mi abogar le pregunté por el loco.

- Se llama Patricio. Viene todos los meses a pagar una hipoteca. Me lo manda la abuela. Un relojito.
- ¿Y llega bien, no se pierde?- pregunté, con algo de zoncera.
- No sabe sumar ni restar. No entiende los números. Llega con un sobre con el cambio justo y se vuelve con el recibo.
- Ah…
- Me parece que está con los cables pelados -Rodriguez era de la época en que era un modernismo decir cables pelados- algo colifato- (otro neologismo). Pero no hace mal a nadie.

Y con un martillito de madera de rematador que hizo sonar contra la bola de vidrio, dio por terminada nuestra sesión.

Bien, dejemos ahí por ahora a Patricio hasta que volvamos a él y desviemos por un momento la atención hacia Jacobson. Seguía yo frecuentando despachos -esta vez oficiales- siempre buscando inclinar la balanza de la razón hacia el lado del heredero que defendía con mis mañas y artimañas. Haciendo sala de espera (cuándo no), vi pasar por primera vez las luengas barbas rojas de Jacobson quien, desoyendo todas las reglas de la cortesía (no le preocupaban) reclamó por su derecho de peticionar a las autoridades preguntando por el Señor Subsecretario:

- ¿Se lo puede ver?

Yo iba a levantarme para decirle que estaba antes y, antes que nada, que mi ociosa e infecunda media hora de sala de espera me daba prelación en el ingreso al Público Despacho del Señor Subsecretario, cuando su secretaria privada (en rigor, solo una chica bonita que hacía las veces de secretaria) le obsequió un desganado si y franqueó así las puertas de La Influencia.

A los quince segundos salió Jacobson. Escuché íntegra la conversación:

- Buenos días…
- Buenos días, Jacobson. ¿Cómo andás?
- Bien, bien.

Como era descortés (o incortés, mejor dicho) dejó la puerta abierta y pude verlo repetir la operación con su voz cavernosa en la antesala del Director Adjunto y luego en el despacho del mismísimo Señor Ministro.

- Ah, ese muchacho… - dijo el Subsecretario- … no le hace mal a nadie y es un leal correligionario.
- Pero tiene acceso franco a todos los despachos…- envidié.

El Subsecretario rió con ganas.

- Le gusta saludarnos a todos. Nos saluda y se va. ¡Y ahora que somos gobierno tiene un trabajo bárbaro! Cuando somos oposición se le acotan mucho los saludos y termina rápido la ronda. ¡Pero ahora!

El heredero de los campos de Ranchos, las obligaciones sociales y los cordiales mates que cebaban en el estudio del doctor Rodriguez me llevaron de nuevo a la calidez de su despacho revestido de maderas finas. En vano agucé el oído en procura de gritos o aplausos pero, como mi anfitrión era de la oposición, nadie acudió a saludarlo. Y mi disposición a tales extraños encuentros no era vana, porque una vez más di con Patricio en un semáforo de Bartolomé Mitre y Florida, y otras tres con Jacobson en sendas antesalas de un diputado, del Secretario de Hacienda y otra vez en lo del Señor Ministro. Esta última vez me miró, como quien mira a un viejo amigo que quizás no lo recuerde a uno y, casi disculpándose, para sus adentros, como probándome, me dijo:

- Buenas tardes.

Respondí con cordialidad, y desde entonces he temido hallarlo a las puertas de mi estudio, verlo aparecer franqueando el acceso en los momentos más inoportunos para espetarme su "Buenas tardes" cordial, gangoso y gutural.

Fue por esos días que el descontento social creció. Se acusaba al Señor Ministro de no sé qué negociado, o quizás sólo de inoperancia, y se había vuelto muy impopular. Lo recuerdo bien porque fue la misma época en que nos reencontramos con Abril, nos prometimos evitar los mismos errores de siempre, nos propusimos disfrutar unos días de pasión, cometimos los mismos errores de siempre y volvimos a decirnos adiós por última vez.

Me di vuelta para verla salir de mi vida después de ese adiós cuando una boca gruesa enmarañada por una mata roja profirió un inapropiado "Buenas tardes". Abril se perdió en la Plaza de Mayo y yo partí, lagrimeando, hacia la 9 de Julio. No respondí al saludo.

Fue por esa congoja que no presté atención a algunos grupos de personas de gesto airado que iban agrupándose en la Avenida de Mayo, en las ochavas de las esquinas. Se formaron espontáneos corrillos que a poco degeneraron en mítines. No tardaron en aparecer las cachiporras y las cadenas, y el clamor del pueblo exigió poner a rodar cabezas de gobernantes. En medio de eso, sin más partido que mi corazón partido, vime envuelto en furiosa multitud que a duras penas podía ser controlada por las brigadas antimotines y, a fuerza de gases, dispersada hasta mejor ocasión. Llorando -la excusa eran los gases- busqué refugio en el vecino escritorio del doctor Ismael Rodriguez para recomponerme y recuperar aplomo y aliño, y quizás para hacerme convidar unos mates.

La puerta estaba abierta. A la usanza campestre, saludé:

- ¡Ave María Purísima!

Como nadie añadiera: "Sin pecado concebida", malicié que algo raro habría y entré en medio de mil precauciones.

Reinaba el más completo desorden. Libros de actas, biblioratos y códigos yacían por el piso. Puertas abiertas, ficheros volcados, tinteros y secantes dispersos sugerían lo peor. De Rodriguez, ni noticias.

- Oiga, Señor Cónsul. Soy yo…

Nada. Crucé un par de puertas, evité unos vidrios rotos e insistí llamando al doctor.

Lo hallé en un pasillo oculto que alguna vez me había franqueado, blandiendo el martillito de madera, agazapado detrás de unos carteles y banderas rojas de remate.

- ¿Ya se fue?
- ¿No me ve? No me fui, aquí estoy.
- No, si se fue ese lunático. ¡Un loco de atar!

No entendía; le ayudé a incorporarse.

- Ese muchacho, Patricio. Vino, pagó la hipoteca, agarró el recibo y la emprendió a golpes con todo. Lo primero que vio fue ese pisapapeles de mis ancestros, esa bola de cristal y entró a darle a todo con eso. ¡Hasta me quería dar a mí el sinvergüenza! ¡Lo voy a mandar meter preso a ese pelafustán!

Por un momento no supe a qué atribuir ese cúmulo de desdichas, hasta que vi con demasiada claridad que nunca hay casualidades, sino un plan calculado en el que todos somos piezas de relojería. Todos, aún las piezas más desgastadas.

- Venga, Rodriguez, que en el camino le explico.

Tomó su saco y no soltó el martillito. Golpeó con él la madera del escritorio principal y exclamó:

- ¡Allá vamos, carajo!

Todo era claro para mí. El descontento aún se palpaba en las calles, la policía todavía estaba entretenida en detener sospechosos de rostros crispados y descuidaba los rostros más amables o más extraviados. Previsiblemente, no nos dejaron pasar, pero Rodriguez hizo valer sus fueros:

- A un Cónsul no se le cierran las puertas, canejo. ¡Qué descortesía es esta!

Algunos custodios insensibles al delicado incidente diplomático que estaban principiando, tomaron de las solapas a Rodriguez y ni prestaron atención a los graznidos de Patricio que por sus retaguardias franqueó el acceso hacia los cálidos despachos oficiales. Unos leves martillazos en las rótulas, unos gritos bien dados ("Soy un cónsul, carajo"), otros también bien dados ("¡Y yo vengo con el Cónsul, caramba!") terminaron por despejarnos la entrada. Yo conocía el camino, todos esos pasillos y salas sabían de mis gestiones y mis pasos nos guiaron hacia el despacho del Señor Ministro. Jacobson, al paso noble, se acercaba a las puertas de Su Público Despacho en procura de un inocente saludo que nunca se le negaba. Crucé la puerta que va de la salita de espera hacia la antesala y allí, en ella, vi a Patricio sentado, extrañamente silencioso, acariciando la bola de vidrio. El plan era claro: Jacobson franquearía las puertas, como siempre, y Patricio franquearía el cráneo del Ministro hacia sus excelentísimos sesos. Sin más orden que un espontáneo impulso, dividimos tareas:

- ¡Te voy a dar, tunante!- clamó Rodriguez, martillito en mano y en busca del pisapapel perdido.

Yo corrí hacia Jacobson y le hice un tackle, por todos los medios quería evitar su saludo al Señor Ministro.

- Salí, salí de acá -gangoseó.

Los guardias de la puerta, algo resentidos con Rodriguez, nos redujeron a los cuatro. Como todo loco de atar, Jacobson tenía la fuerza de tres hombres juntos. Patricio sólo dejó de aplaudir el rostro de Rodriguez cuando fue esposado. A la media hora todo estaba en claro, a la hora y media el Ministro nos agradecía con efusión haberle salvado del atentado y a los tres días éramos condecorados por el Congreso con una mención honorífica al heroico valor civil. Insinuamos agradecer cualquier estipendio en metálico que se nos quisiera dar, pero nada distrajo al Señor Ministro de su apretada agenda. Hasta uno de los custodios que no nos había querido dejar pasar tuvo el tupé de pisarnos, al descuido, y de no pedir disculpas.

- Hay que mandarlos al Vieytes a esos dos, con chaleco de fuerza y electroshock.
- Si que estuvo buena esta, doctor - le dije- Nos volvemos a ver un día de estos.
- Pásese a tomar unos mates una tarde de estas. Será bienvenido.

Desandaba mi camino por Florida cuando a mis espaldas la misma voz que desafinaba una canción de Sabina me saludó, no sin sorpresa mía:

- Buenas tardes, señor.

Era Abril. La miré, como quien mira no a uno, sino a dos locos, y seguí de largo. No le respondí. ¡Venir a saludarme, a mí, después del último adiós!

(junio de 2001)