viernes, 11 de febrero de 2011

El señor bicentenario


Ya serían dos. El primero fue en el 10, y yo tenía seis meses nomás, una criatura de pecho. Y el segundo sería este que viene. Que todavía no llegó, y a mis años uno no va a andar apostando el jornal a la taba, que le cae parada. Y como la vista me falla –solo veo bultos, un poco de luz– y nunca fui de mirar el almanaque, algún bisnieto me habrá de avisar. Es que con el sustento uno ya tiene bastantes cosas en qué preocuparse. Así fue siempre. Vea, yo me junté joven, tuve un hijo, una hija, un hijo, otra hija y otro hijo más. Cuente usted, yo no tengo estudios. Mi nieto, que le está mirando lo que apunta, me dice que usted anotó estudios, y yo soy de decir estudio. Es que no me sale siempre decir las eses, me tendrá que perdonar. Porque no tengo estudios –anote, me salió, lo hice por usted– pero tengo conducta. De mis padres me vino eso. Padre y madre, puntanos como yo. Del desierto. Usted me puede ver –yo no me puedo ni mirar en el espejo– y me verá la piel del color de la tierra, bien parda. Pero al lado de mis padres parecía inglés. Vea que le salió gringo el crío, don Marcelino, le decían a mi padre. Que porque era chanza no les afilaba el facón en las tripas, mi finado padre; había sacado el mal genio de mi abuelo, me contaba. También de por ahí mis abuelitos, unas leguas más al sur, los confines con la pampa. Y más para atrás se pierde el rastro, pero siempre de la tierra, el color de la piel y la querencia. Que así fue siempre, hasta que vinieron los soldados con los capitanes gringos, de nombre Vintter, de nombre Fotheringham, y a las sableadas fueron amansando a la gente. Así fue siempre. Por eso mis abuelitos se hicieron gente de trabajo, que mucho brazo hacía falta para alambrar esa inmensidad. Trabajaron mucho los abuelos con mi padre, con mis tíos, alambrando. Y cuando eso se acabó, se quedaron afuera de la tranquera. Y le lloró mucho mi finada abuelita al capataz, que les diese conchabo. A mi abuelo no lo querían ni ver por revoltoso. Cuando fue a reclamar jornales, el comisario lo hizo sacar a rebencazos y lo anotó en el servicio como destinado. Pero era buen brazo para el campo –toda mi familia ha trabajado siempre la tierra– y el mayordomo lo mandó soltar del cepo y les dio un puesto para que se acomoden ahí, y que sea de ellos lo que saquen de dos cuadras de quintas de la tierra del patrón, y que no descuiden la hacienda. Y fueron muy fieles al patrón, agradecidos, que así fue siempre mi gente. Mi padre, mi tía, mi otra tía, mis tíos los mellizos son los que llegaron a grande. Cuente usted. Y levantaron las cosechas del patrón, y a veces el mayordomo los mandaba a jornal a unos campos de la vecindad, porque siempre sobraban espigas, y se ponían amarillas de secas cuando nadie iba a segar. Y el mayordomo se entendía con el de los otros campos, y apenas si sacaban algún patacón los míos, que el mayordomo se quedaba con mucho, que muy agradecido se le estaba porque daba trabajo, y él podía decirles que no se le moviera ninguno del puesto; pero no, los distinguía y los mandaba para donde hacían falta brazos. Así fue siempre y hay que guardar gratitud al patrón, que vela por uno. Es como a la Patria, me decía mi padre, tenemos que agradecerle haber nacido en esta patria, hay que agradecerle a la Bandera. Yo al himno mucho no me lo sé, abro un poco la boca haciendo que canto, pero me sé algunas partes como libertad, libertad y las rotas cadenas. Y también el oh juremos con gloria morir. Me lo enseñó mi padre, que lo aprendió en la conscripción, y lo mandaron a Río Cuarto, una gran ciudad, nunca se pudo olvidar eso. Se hizo amigo de un paisano de unas leguas del puesto, y cuando le dieron la baja se juntó con la hermana, y ahí fue que con el tiempo vine yo, porque esa fue mi madre. Pero el mayordomo no tenía más puestos, puesteros sobran, pero tenía más cosechas donde mandarlos, a condición de que se volviesen a verlo cuando terminara, o no les pagaba. Un par de cosechas fueron mis padres pero ahí fue que les dijeron que se podían hacer un ranchito de adobe en el caserío de la Buena Esperanza y que por ahí pasaban a buscar gente los que necesitaban peones. Que pagaban el doble de lo que le daban a ellos, porque ningún mayordomo se quedaba con nada. Y allá se fueron, y perdieron los jornales de la última cosecha, que no los fueron a reclamar. Y el mayordomo de mis abuelitos puso el grito en el cielo y les dijo que tenían un mal hijo, que le respondiesen por ese descarriado, y se disgustaron mucho mis abuelitos con mi padre, y nunca más se vieron. Pero enseguida se pusieron a hacer hijos, y vinimos nosotros, yo y todos mis hermanos, y fuimos muy felices en ese caserío, porque había muchos críos para jugar y pelear, y los gringos venían siempre a buscarnos para darnos trabajo, a Dios gracias. Que hay que ser agradecido a la Patria, a la Virgen y cuidar al patrón, porque si a él le va bien, a los peones nos va bien, así fue siempre. Y cada vez hacían falta más brazos, y a los niños nos cargaban en carros, meta a abrir y cerrar tranqueras hasta llegar adonde hacíamos falta. Nos pagaban la mitad que a los hombres, casi como a una mujer. Yo no sé de política, creo que andaba don Yrigoyen en la capital, pero a nosotros no nos llegaba nada de eso, una vez cada tanto venían los conservadores y ponían en fila a los hombres y luego mucha caña. Nosotros meta levantar cosechas de los patrones, gringos o hijos de gringos. ¡La de arrobas que hemos cosechado con mi tatita y los hermanos! Y me contaba un paisano que había viajado, que otros cargaban eso en los trenes y otros, en el puerto, metían todo eso en los barcos, que eran como galpones que iban por el agua, y se llevaban eso lejos, a no sé donde, porque yo no tengo estudios. Pero a mí me ponía contento, sabe, porque había cosechas, peones, trenes y barcos y así es que a la Patria le iba bien, y yo quise mucho siempre a mi Patria. Y si uno dudaba le daban con el plano del sable en las espaldas en la conscripción, yo fui a San Luis nomás, me mandaron ahí nomás, así que vuelta a vuelta me volvía al pago en los francos, con el uniforme y birrete, y en una de esas le hice un hijo a mi compañera, que nació después de la baja. Por entonces fue que tuvimos los hombres que ir cada vez más lejos para que nos tomaran en las cosechas, a lo que quisiera darnos el patrón, a veces por el techo en una galería y el mate, y algunos pesos antes de irnos. Hasta crucé la frontera y me fui a Mendoza, que en la vendimia aún pagaban algo. Nunca me había salido de la tierra mía –quiero decir, de la que nací– y de la emoción me puse a llorar bajito cuando pasamos el límite. Y más vendimia, y más trigo, y más alfalfa, maíz, todo lo que me digan ahí iba yo a levantar, aprendía rápido el oficio. Y me fui llevando a los varones cuando no tenían escuela, que siempre quise que tuvieran estudios, porque yo no tuve, no sé si le dije. Y me terminaron todos el sexto grado, aún las chicas. Nos íbamos todos, hoy acá, mañana allá, a lo que guste mandar el patrón, agachando el lomo como debe ser para ganarse el pan, que así fue siempre, no vaya a creer. Y no sé qué pasaba en la política, porque yo no sé nada de eso, pero dejaron de venir los conservadores –una pena, porque así faltó la caña– y vinieron otros de la capital, que el sindicato, que las leyes para el peón, no sé. Para nosotros todo siguió igual, y peor, porque otra vez entraron a sobrar brazos, y tenía que ir yo con dos de los varones por la misma paga que antes yo sólo, y si no me gusta que me le vaya a Buenos Aires a quejar al demagogo. Yo no sé qué es eso, y no supe de política, no le hace falta eso al peón, pero me fui maliciando que les tendría que hacer caso nomás, en Buenos Aires había mucho trabajo y todos se iban para allá, y yo tenía una hermana que hasta era obrera de las máquinas. Y no hizo falta que viniese ningún Vintter o Fotheringham a arrearnos a sablazos de la querencia. Fue todo así nomás, tranquilito y sin violencia, gracias a la Virgen que siempre cuida a los pobres. Y no daba para más, subimos todos a un carro de mi compadre, un día anduvimos hasta llegar a un parador del tren, y ahí nos fuimos. Y otra vez en la frontera de la provincia volví a lagrimear –que no es de hombres, carajo– que no lo hice nunca más, le prometo, ni cuando se me murió la compañera en la ciudad, ni cuando vimos ese basural de casas de chapas y cartones en que teníamos que hacernos un lugar. No ve usted un tero o una perdiz, ni una espiga de trigo. Pero hay trabajo, eso sí, muchas y muchas horas, y muchas horas de colectivo para llegar y volverse, pero hay que estar agradecido a la Virgen, a la Señora y al Coronel, y eso que yo no sé nada de política, nunca me meto en eso, y fue buen consejo aquello de de casa al trabajo, del trabajo a casa, que así fue siempre y es lo mejor. Y mucho más no sé qué decirle –vea si me hizo hablar– porque yo nunca más pude volver a la tierra mía –quiero decir, a la que nací– sólo que a veces me pongo a pensar, con los años pienso mucho, qué más va a hacer un viejo de cien años, y quiero pensar cómo pensarían mis abuelos, cuando no había alambradas, ni soldados, ni gringos, si me vieran ahora a mí, en la ciudad, encerrado en este patio, lleno de tanto nieto y bisnieto blanquito y hasta alguno algo rubión, que parecen gringos en de veras. Y no hemos salido nunca de la Patria, desde antes de mis tatarabuelos hasta yo en dos centenarios que me dice usted que se cumplen pronto. Habrá que agradecerle a alguien, no sé, yo no sé, no tuve estudio.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El gremialismo según Bustos Domecq


Me he cansado de recomendar en vano las Crónicas de Bustos Domecq, notable pieza de ironía del tándem Borges-Bioy Casares. Hasta he cometido la imprudencia de prestar mi ejemplar. De nada sirve: ha vuelto, y la compungida expresión de mis interlocutores acompaña a esa nutrida paleta de muecas con las cuales –so pretexto de no saber leer a dos autores semejantes- me farfullan inapelable veredicto condenatorio.

Voy a intentarlo otra vez más con ustedes. El libro consiste de veinte artículos que comentan expresiones de arte moderno o ensayos intelectuales, escritos por un ficticio H. Bustos Domecq. Les diría que, aún, los artículos son halagüeños de cada expresión artística. Pero uno puede apreciar, en su esplendor más craso, la magnífica ironía de un dúo que escribía como uno solo. A mi me resultó siempre un enigma entender cómo se puede escribir tan bien de a dos.

El gremialista es uno de esos artículos. Bustos Domecq se propone dar a conocer la obra del Doctor Baralt, consistente en seis volúmenes titulados Gremialismo (1947-54). Nadie los ha leído. Pero hay un laureado Análisis escrito por Cattáneo, basado en las primeras nueve páginas del prólogo de Baralt –lo más que pudo leer del mamotreto- en el cual se basará para escribir su artículo. A fuer de meticuloso, Bustos Domecq acude al testimonio de primera mano: ”al examen prolijo de la mole, hemos preferido el impacto conversacional, en carne viva, con el cuñado de Baralt, Gallach y Gasset.”

Entonces Bustos Domecq nos introduce en la tesis del gremialismo de Baralt. “El género humano, me explicitó, consta, malgrado las diferencias climáticas y políticas, de un sin fin de sociedades secretas, cuyos afiliados no se conocen, cambiando en todo momento de status. Unas duran más que otras: verbi gratia, la de los individuos que lucen apellido catalán o que empieza con G. Otras presto se esfuman: verbi gratia, la de todos quienes ahora, en el Brasil o en África, aspiran el olor de un jazmín o leen, más aplicados, un boleto de micro.”

Añade Bustos Domecq: “El gremialismo no se petrifica, circula como savia cambiante, vivificante (…) El mínimo gesto, encender un fósforo o apagarlo, nos expele de un grupo y nos alberga en otro.”

Esta perspectiva resulta visionaria: ¿a qué clasificar a los obreros en las pétreas categorías de lecheros, carteros, soderos, albañiles? Cada vez que se montan sobre los muchos ejes de un camión son obreros camioneros. Al bajarse, son esposos, obreros hinchas de Racing, asadores domingueros, obreros deudores, y a veces vuelven a ser obreros lecheros o soderos.

Bustos Domecq, sin consentir categorías marxianas, se percata de las derivaciones antagónicas de los postulados del gremialismo de Baralt: “No cerremos los ojos a los inevitables brotes de pugna, que la benéfica doctrina provocará: el que baja del tren asestará una puñalada al que sube, el desprevenido comprador de pastillas de goma querrá estrangular al idóneo que las expende.”

Es que el sujeto desprevenido que ahora es comprador de pastillas de goma, culminada la faena, torna a integrar la categoría de propietarios de aserraderos que acaban de comprar pastillas de goma. Y el idóneo que las expende, es arrastrado al escalón de los dependientes de tienda de golosinas que resultan estrangulados por los clientes de su empleador. Y así la lista puede seguir hasta el infinito, según el plan de Baralt que –hacia el final del artículo- nos anticipa Bustos Domecq: compilar una lista de todos los gremios posibles. Hipótesis que nos sumerge en similares paradojas que la de Aquiles y la Tortuga. “Obstáculos no faltan: pensemos, por ejemplo, en el gremio actual de individuos que están pensando en laberintos, en los que hace un minuto los olvidaron, en los que hace dos, en los que hace tres, en los que hace cuatro, en los que hace cuatro y medio, en los que hace cinco… En vez de laberintos pongamos lámparas. El caso se complica. Nada se gana con langostas o lapiceras.”

Ponemos manos a la obra: pensamos en los obreros ferroviarios o en los camioneros. En los obreros ferroviarios, por ejemplo, que recelan del patrón y en los que lo consienten con mansedumbre. De aquellos que recelan del patrón, pensamos en los que deciden combatirlo y en los que se resignan. De los que deciden combatirlo, en aquellos que se sindicalizan y en aquellos que se deprimen aislados. De los que se sindicalizan, en aquellos que asumen posturas combativas y las mantienen, y en aquellos que van cejando en el combate. De los combativos, en los que consiguen ser reelegidos al frente de sus gremios y en los que no. De los que consiguen ser reelegidos, en los que ya no recelan del patrón y en los que siguen recelando pero se van conformando. De los que ya no recelan, pensamos en los que prefieren ser patrones y en los que no consiguen dejar de ser obreros. De los que prefieren ser patrones, en los que eligen combatir a los combativos que se quieren agremiar y en los que se ponen al servicio de los que combaten a los combativos que se quieren agremiar. La enumeración dista mucho de ser completa.

Al final del camino, algunos agremiados son muy vivos, y otros, como Mariano Ferreyra, están muertos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Palabras apropiadas y palabras recuperadas

Wordle: palabras apropiadas


Hay una lucha cotidiana que todos realizamos, con poca o ninguna consciencia de ello. Y el objetivo de esa lucha son las palabras.

Hablamos mucho, a veces decimos algo. Para eso utilizamos palabras. Y cuando utilizamos las mismas, hallamos que pocas veces decimos lo mismo que dice el otro cuando las emplea. Les damos otro sentido.

Lo que es peor: las escuchamos sólo con nuestro propio sentido. El ejercicio de ponerse en el lugar del otro para captar el significado que éste le asigna a sus palabras es pocas veces recorrido. No existe alteridad en nuestros diálogos, no consideramos al otro como receptor: nos detenemos ante el emisor, y pretendemos que éste siempre sea uno mismo.

Por cierto que de esta manera, mientras emisor y receptor coincidan en el significado de sus palabras, no habrá conflicto comunicativo alguno, y podremos hablar mucho, comunicarnos poco y decir nada, bajo la apariencia de haber mantenido un gran diálogo.

Quienes a través de la propiedad privada de los medios de comunicación masivos jalan los grandes hilos de la formación del discurso de las masas, conocen esto a la perfección y se valen de ello. Para mantenerse en dicha propiedad, para acrecentar sus ganancias, para forjar un sentido común en las palabras que sea útil, por ejemplo, para inventar demandas en el mercado que -luego- requieran mercancías o servicios para abastecerlas que necesiten, a su vez, publicidad en esos medios.

No les importa tanto qué se diga, como que todos entiendan que, lo que se dice, significa determinada cosa y no otra.

Así, se procura consolidar un único significado para cada una de las palabras. El más craso, el más llano, el más binario, el que menos trabajo intelectual implique comprenderlo. De este modo se educa a las masas desde los medios masivos de comunicación modernos.

El trabajo del intelectual es el de alertar sobre este mecanismo. Pero su voz es raramente escuchada en el desierto donde predica, las más de las veces, en lengua extraña.

A veces sucede, entonces, que rompiendo el cerco y en inusitados arranques de sabiduría espontánea, las masas se enfrentan abierta e inorgánicamente contra esos significados consolidados por el Otro.

Se me ocurren muchos ejemplos, pero pongo uno. A falta de mejores argumentos –que los hay a raudales- para ofrecer oposición a la acción gubernativa de la actual Presidenta, las clases media y media alta la han apostrofado con un apelativo que, precisamente, le niega su calidad de Otro al rival político. Lo cosifica, pues un animal es jurídicamente una cosa, no un Ser, un Otro. La Presidenta no es una mujer. Es una yegua. Con minúsculas.

No hace falta explicar más. Como el tirano prófugo, como la negrada, como el subversivo, con decir la yegua ya está todo dicho.

Como reacción ante esta pronunciada falta de imaginación política, los partidarios de la acción de gobierno han optado por el mecanismo más simple para repeler esta invectiva. Y la iniciativa la han tenido, de entre estos partidarios, sus mujeres: asisten a las marchas de apoyo a la Presidenta luciendo unas sencillas remeras con su efigie y la leyenda: Somos todas Yeguas.

Las chicas han realizado un notable acto de lucha en el terreno simbólico con el cual han obtenido una victoria: se han apropiado del significante. Han abortado el sentido peyorativo que la palabra tenía para los forjadores de la invectiva y lo han retrovertido en un término que les otorga un sentido de pertenencia con sentido positivo. ¿Nuestra Presidenta es una yegua? Entonces, somos todas yeguas.

Fuera del ágora, similares ejercicios han realizado los simpatizantes de River o de Boca cuando han recuperado con orgullo, como emblemas identificativos propios, los insidiosos motes de gallinas o bosteros.

Hay otras palabras que nadie quiere aflojar: revolución, democracia, república, ciudadanía, igualdad, libertad, etc. que suelen arrojar más confusión que certezas cuando se las emplea.

Respecto de otras, cierta línea discursiva se las ha apropiado dotándolas de un sentido unívoco funcional a determinado escenario combativo: es el caso de las palabras seguridad e inseguridad.

En otros casos, asistimos a frustrados embates por la apropiación: nadie se traga que un genocida es un preso político.

Se opera en el terreno simbólico, entonces, un proceso de apropiación del significante (que bien puede ser visto también como de resignificación), unido a otro de recuperación del mismo, cual estandarte que cambia de manos en el fragor de la batalla.

Postulo, entonces, que la lucha en el terreno de las palabras persigue como meta la apropiación del significante.

Es por eso que no es lo mismo cuando un medio de comunicación utiliza las palabras apropiación y recuperación (de rentas extraordinarias, de costos laborales, por ejemplo), o cuando otros utilizamos las palabras apropiación y recuperación para referirnos a nietos, fábricas o memoria. Precisamente, de lo que quiero alertar, es que el sentido lo pone quien se apropia del significante y mientras dure su señorío, razón por la cual la vigilancia ha de ser perpetua.

miércoles, 7 de julio de 2010

Himura


Ha llegado al Río de la Plata Tiempos de vida hostil, último disco de Himura, bajo el colectivo musical de Mago Fermín y la producción de Moflete Humano 9. La cubierta anuncia que Mario presta su voz a la banda, y que la secundan con sus acordes Edu (bajo), Jorge y Natxo (guitarras) y Luismi en la percusión. He tenido un día feroz, y me apoltrono para escucharlo.

* * *

Yo tengo una mujer, que tiene una sobrina, que de tanto vivir en España habla como española aunque es argentina, y ella tiene un chico (un chaval) que es español y habla como español, pero de tanto noviar con una argentina, ha dado en ser hincha (aficionado) de Boca. Y así, por relación transitiva, ambos se han convertido en mis sobrinos.
Pues bien: de visita ellos en nuestras tierras he invitado a este sobrino a mi casa, lo he sentado a mi mesa, y ha honrado una cerveza marca Quilmes, que bien puede llamarse Zaragoza.
- Encantado: me llamo Mario.
“Tiene voz para entonar boleros”, pienso, alertado por mi mujer de que el joven es músico.
Convengamos que a pesar de tanto aire cosmopolita, los argentinos somos provincianos. Somos de una provincia a extramuros del mundo. Nos dejamos guiar por las hueras apariencias.
“Es raro que con tanto piercing no ande sangrando por la vida”, le confío, en un aparte, a mi mujer, la tía.
Ella acota que no es capaz de distinguirle los tatuajes de la piel de los estampados de su campera.
Luego de algunas cortesías y cumplidos, se sientan a la mesa.

* * *

Leo en la cubierta el candoroso agradecimiento al Sapo Pepe. “Esto es alentador. Grave hubiera sido la evocación de Gaby, Fofó y Miliki.” Suenan los primeros acordes y de inmediato oprimo el stop. El control remoto vacila: las pilas están cansadas. Opero manualmente el stop, sobresaltado. Mi equipo es viejo, ha de andar mal. Sólo he oído algunos rugidos, más un ruido como de motores de avión fallando, y la pista 1 ha dado paso de inmediato a la pista 2. Se ha producido un salto. Alguna pelusa, nada que un soplido no pueda remediar. Vuelvo a poner el disco. He tenido un día feroz y sólo la música me podrá distraer. No quiero pensar.

* * *

La cena transcurre a la luz de la luna y de los faroles, bajo constelaciones de estrellas distintas a las que engalanan los cielos españoles. El detalle no le pasa desapercibido a Mario, quien musita al oído de su enamorada algún requiebro. Alcanzo a escuchar que esos cielos son tal como ella se los ha sabido contar, como le ha narrado muchas veces que eran los cielos de su temprana infancia.

- Pues yo no te he dicho nada de eso.
- Mujer ¿quién si no tú? ¿Quién habría podido hablarme de los cielos del hemisferio sur sino tu, cariño?

Mi mujer –su tía- está encantada. Mario es un excelente partido.
Quizás nuestra sobrina casi siempre piense igual, pero no mientras monta en cólera.

- Yo no he sido. Por eso me pregunto: ¿quién puede haberte dicho semejante gilipollada? (semejante boludez).

Mario posee un carácter que funde a los modales de un inglés, el donaire de un parisino. No prescinde en nada de esa galantería tan española. Una leve sonrisa flanquea sus palabras que adivinamos conciliadoras, a duras penas escuchadas entre los reclamos de su prometida, unos growls de lo más afines a alguna pieza de brut death metal.

* * *

Por un instante me tranquilizo, porque mi equipo no anda mal –y eso permite olvidarme de gastos y diligencias con el técnico- pero la evidencia de la absoluta fidelidad del sonido escuchado, me fuerza a desplegar el folio con los textos de las letras.
Vudú y Virus están cantadas en castellano, pero con una dicción tan universal que un albanés podría considerarlas también expresadas en su lengua madre. Un torbellino de riffs y blast beats machaca, arrolla, atropella, centrifuga, demuele, frenetiza, despierta a los dormidos.
“Ya no controlo mis movimientos...” “Vomitarás tu propio cuerpo.”
Adiós a la distracción y adiós al no pensar.
He tenido un día feroz.

* * *

Finalizado el incidente conyugal, principia uno legal. Rosario, le pide a su flamante primo que, dado que es músico, le cante “El sapo Pepe”. Como él lo sabe cantar.
Procuro alertar a Mario que una candente puja tribunalicia puebla los titulares de las revistas infantiles: tanto Pipo Pescador como una tal Adriana reclaman la autoría del hit. ¿Para qué agregar a un tercero en discordia?
- Soy apegado al estricto cumplimiento de las leyes. Conduciendo, no tomaría una calle de contramano jamás. Menos aún en Buenos Aires.
Un legalista.
Rosario nada sabe de argucias de leguleyos e insiste en una nueva versión del Sapo Pepe.
Explico a Mario que la canción narra la respuesta repetida –hasta el hartazgo- que un sapo llamado Pepe le brinda a todo lo que le dice el dueño del jardín. A todo lo que se le propone, Pepe sólo “salta y salta”.
- Los niños gustan de la reiteración de sus ilusiones.
- Los adultos también, aunque no se den cuenta –le digo yo.- Todos los días se prestan a reiterar la misma rutina de su trabajo para otro, bajo la ilusión de reiterarla en el contexto del ejercicio de su libertad.
Me excusé, al cabo, por haberme puesto a hablar de política.
- Yo solo soy un músico, no sé nada de esas cosas. Pero no os aflijáis, tío. Que la gente se enoja mucho cuando le repiten siempre lo mismo. Pero yo no me enojo si repetimos esta cerveza.

* * *

Hay una pausa de un segundo entre la pistas 2 y 3. Me alcanza para parpadear: un alivio, los ojos me arden.
“Ven, limítate/ a colaborar/…/ sigue en la fila/ cumple las normas/ asume tu puesto/ domesticado/… tan sólo somos/ carne adiestrada.”
Termina la tercera pista. Han pasado, en total, dos minutos y cuarenta y siete segundos del disco. Comienza el minuto y medio siguiente que se titula Violento despertar. Unos tambores de guerra, como han de redoblarse unos tambores en una guerra grindcore, lo preambulan. Es un llamado al combate. Resulta curioso que provenga del Primer Mundo. ¿Hay varios Mundos? Las letras siguientes parecieran desmentirlo: en el tema más prolongado de todo el disco, en el único con dos voces, Ira, se cuela una concepción animista de los elementos naturales que vienen a vengar la acción humana insensata, que insiste en la reproducción de las condiciones de su propia inmolación. “Furia descontrolada desde la naturaleza”. El mismo mensaje de Fotofobia: un sol que provoca heridas. Pero no hay derecho a elegir nada. Ni la propia muerte. Otros elegirán nuestra muerte. En Agonía: “Permanece condenado atado a una cama/ impaciente y observando, consciente y enterrado/…Quien decidió por mí mantenerme con vida/ obligado a agonizar, soy un cadáver/… Vivir es un derecho, no es una obligación/ quiero ser el dueño de mi muerte.” Como hace el líder del Primer Mundo, con sus prisioneros de Guantánamo.

* * *

Las cervezas hacen fluir el habla. La luna es compañera de la poesía. Prescindiendo de todo comentario insidioso sobre constelaciones, de cualquier sapo que solo “salta y salta”, nos entregamos a algunas consideraciones líricas, no exentas del paulatino y recíproco abrirle al otro las respectivas almas.
Se ha percatado de mis convicciones políticas. Indago en las suyas:
- Terrorismo selectivo.
Algo me hace intuir que es ateo. Siendo Mario de profesión ebanista, le azuzo un poco con el Cristo carpintero, con las Magdalenas, con los clavos de la cruz. Nos enfrascamos en una polémica religiosa. Le postulo que Cristo era comunista. Creo que el tío (no yo, sino Cristo) no le cae mal porque resume su profesión de fe, con laconismo:
- Distintas formas de dolor.
Discurrimos por valles de lágrimas, por caídas de los edenes, por pecados originarios, por castigos, por Apocalipsis. Va otra cerveza.

* * *

Rugidos feroces, como el canto primigenio del hombre al caer al mundo desde las alturas del Edén. NSM habla –grita- sobre el sentido de la vida. La bienvenida con que se recibe al nonato: “Acabas de nacer en una fosa común.” Una visión crustcore de este sentido. Nacer. Sufrir. Morir. “Este es el ciclo que hemos de cumplir.”
El bálsamo sobreviene de inmediato: un maximalista vería en Adoctrinados una canción pop, pero a los no iniciados en los secretos del metal extremo, nos suena cual un death metal melódico, si se nos permite la creación de un nuevo casillero. Los riffs ceden –unos breves instantes- a un solo de guitarra. La letra alcanza a entenderse. Dura dos minutos, un exceso para el género. Largo, como el odio que crece.
Abrevando en la raíz punk, renegada madre de las criaturas, Anticop es el tema antipolicial que no debe faltar en ningún álbum. Es una profesión de fe, como el santiguarse al ingresar al templo. Y cerrando el conjunto de once pistas, Mutaciones abunda en rugidos y voces guturales, baterías que son como tableteos de ametralladoras, guitarras que suenan como licuadoras rallando huesos, bajos con cuerdas de tripas que se tañen como latigazos. Al final, el silencio de los muertos es un alivio. Han pasado diecisiete minutos y cuarenta y cinco segundos de disco. He tenido un día feroz.

* * *

Mis sobrinos se aprontan a retirarse. Se recogen temprano, desdeñan los excesos y cultivan la vida sana. Tal como al llegar a casa, han vuelto a convertirse en dos tórtolos. Se toman (cogen) de las manos. Nos preparamos para un retrato antes de las despedidas. Las camaritas digitales con disparado automático son un gran invento. Nos ponemos en pose. Mi sobrina nos acomoda:
- Tíos, cójanse (tómense) para salir mejor.
Y yo, que soy algo lento, me quedé un rato perplejo, y por eso salí de mal semblante en la foto, y por eso no quise agregarla acá. Pero les aseguro que Mario ha salido con una sonrisa apacible y serena, y tras alzar en brazos a Rosario con mucha delicadeza, la han llenado de mimos al despedirla.


(Puede escucharse a Himura en